lunes, 24 de julio de 2017

Las alas de un ángel rotas (19º parte)

Debía de ser bastante tarde, ya que un aire taciturno envolvía tanto la casa como los alrededores y de la calle apenas si llegaba algún eventual parloteo. Solo acertaba a oír el rumor de mi respiración agitada.
Rompió el mutismo con voz atronadora.
Percibí el rumor de la brisa en derredor en su discreta huida, el deseo sacudió mi cuerpo, respirando entrecortadamente incapaz de serenarme. Su esquiva mirada resultó más educada que servil y eso me agrado sobremanera.
--Querida, déjanos solos y cierra bien la puerta, necesito hablar en privado con... dejo la pregunta en el aire esperando mi respuesta.
En principio pensé  no contestar o recurrir a baladronadas y no ceder un ápice de terreno, pero parecía una solución estúpida.
--¡Pablo!—lo dije muy bajito.
--¡Bien Pablo!—Eres consciente de lo que acabas de decirme en confesión.
--¡No!—mentí como un bellaco.
--Entonces. ¿Tú me dirás que significa esta mascarada?. La iglesia no es un lugar para tomarlo a broma y mucho menos sus sacramentos. La acusación que te has hecho es muy grave y podría traerte amargas consecuencias.
--No sé que os pasa a la juventud hoy en día, no sentís respeto por nada ni por nadie, acabaréis condenados en el infierno.
--Créame padre, vivo en el infierno. Mis palabras resultaron fragmentadas.
 Este hombre temeroso de Dios, captó mi atormentado espíritu.
--Nunca podré hacer las paces con mis demonios, estoy enfermo del alma.
El pobre hombre estaba totalmente confundido, debatiéndose entre la verdad y la mentira, lo real e irreal.

De repente me sentí intimidado, ligeramente acongojado. Si seguía conversando, acabaría confesando la verdad toda la verdad y nada más que la verdad, quizás porque en el fondo deseaba librarme de la carga. Pero el instinto de supervivencia es muy fuerte y apaciguando mi ego con mentiras absurdas, decidí salir de allí lo más rápido posible.
Mis dedos acariciaban el picaporte, giraba lentamente bajo la presión. Sus palabras me dejaron estupefacto, las pronuncio muy bajo, como si el también fuera culpable de la perfidia— creí volver a sentir mareos, la habitación giró bruscamente a mí alrededor.
--¿Sabes lo que pienso?. Son muchos años escuchando a gente atormentada por todo tipo de abatares. ¡Tú me has dicho la verdad en confesión!.
Su rostro se contrajo bajo mi mirada de horror.
Las palabras salían atropelladamente de su garganta, borbotones de inconexos vocablos vertían sus labios.
--Yo no puedo hacer nada, te ampara el secreto de confesión –sus ojos se llenaron de lágrimas—pero siento tu sufrimiento, tu pena es profunda y nada me entristece más que el hecho de no verte dispuesto a soportar el castigo.

Uso un tono grave, cruel que dejó dibujado en su rostro rasgos de amargura. Un abominable e inacabable silencio nos envolvió.
Quise clavar mis ojos con furia, sin embargo solo logré que parecieran dos almas dolientes fijas en aquel ser que bramaba ante la impotencia.
La vieja puerta con muchas manos de pintura se negaba a ceder bajo la presión de mi mano. Al hacerlo de forma súbita, golpeé mi frente con violencia contra el canto de madera. Entonces fue cuando todo comenzó, nadie lo planeo, ni lo quiso así. Con el tiempo tuve que rendirme ante lo evidente, no podía luchar contra mis sentimientos, batallas perdidas de antemano.
El ratoncito de antes, acudió en mi auxilio. Me miró con ojos cansados pero valientes, con ojos que no temían verme. Nos rozamos  accidentalmente, sentí un campo de fuerza a su alrededor, una lasciva lujuria se apoderó de todas las fibras de mi ser, estaba demasiado confuso para reconocer que algo había cambiado.
Recuerdo su voz a mi espalda, penetró en mi entibiándome con su cálido aliento.
--¿Te encuentras bien?—sus palabras no hallaron respuesta. Los sonidos penetraban en mi mente pero no las palabras, solo huía como un vulgar delincuente.
Continuará...

jueves, 20 de julio de 2017

Las alas de un ángel rotas (18º parte)

Salió así, sin más, es como si yo no hablara, las palabras salían de mi boca pero no podía ser yo quien estaba diciendo aquello. Hasta a mí me sonaron frías y crueles, debí  parecer un ser maléfico, sin corazón, sin sentimientos, un monstruo de los muchos que persigue la policía. Quizás era una maldición y me había alcanzado, pero yo no era mi padre, yo era yo, sólo yo.

--He matado a dos hombres, dos escorias humanas, he librado al mundo de desgraciados que no merecían vivir.
Sentí como se revolvió dentro de aquel habitáculo, pequeño, claustofóbico. De repente se me antojó un ataúd con respiraderos para no morir nunca por falta de aire y así permanecer vivos por los siglos de los siglos, padeciendo la tortura interminable de nuestros pecados.
--¡Pero qué dices! ¡Está es la casa de Dios!. No se viene a gastar bromas de mal gusto.
Sus encolerizados gritos debieron de escucharse hasta en el mismísimo infierno. Los pocos feligreses que ocupaban los bancos, fijaron sus miradas en mí.
Todo giraba, giraba, las figuras de los santos alumbradas por la mortecina luz de las velas, cambiaron sus místicas expresiones por asombradas muecas de escéptico horror. Los hachones alargaban sus pequeñas fumarolas hacia el techo ennegreciendo los frescos pintados en  ellos. 

Un calor sofocante, malsano, subía hacia mis mejillas, encendiendo mis orejas, entrecortándome la respiración. Al no encontrar asidero, perdí el equilibrio, lo último que noté fue un terrible golpe en la cabeza.
Desperté en una extraña estancia, rodeado de objetos que no reconocía, mi cerebro se sentía atrofiado como poseído por la fuerza del sopor etílico, la mente taimada por el fuerte golpe recibido. Parecía una especie de sacristía, sala de estar o mausoleo. Que miedo me empezaba a dar toda esta situación. Un hermoso chichón me recordó el accidente sufrido en la iglesia. Por supuesto el buen sacerdote no estaba dispuesto a pasar por alto semejante confesión, me interrogaría hasta encontrar una respuesta satisfactoria, intentaría redimirme.

Unos cincuenta años, quizás más, coronaban su tonsurada cabeza, vestido a la antigua usanza, largas faldas de negro tejido, colgaban de sus rodillas dejando entrever apenas los varoniles pantalones de paño en gris marengo, me miraba con cierto desconcierto, supongo que intentaba abordar el tema de la mejor forma posible. Sus confusos ojos parecían comprender todos los pecados de este mundo, pero como podría entender, lo que yo había confesado, mi actitud acabaría mellando sus nervios o algo mucho peor.
Una mezcla de naftalina, repollo y algunos más que me fue imposible identificar me alborotaron de nuevo  mí maltratado estómago, torturando cruelmente la pituitaria.
Sin embargo, todo aquel aquelarre de desagradable hedor, no podía acallar la fuerza de ese discreto y seductor aroma que flotaba disimuladamente a su alrededor preservándola bajo un aura, donde reinaba el azahar, la madre selva, el jazmín.

Alguien pequeño, discreto, recorría la habitación intentando disimular su presencia, como un ratoncito huidizo y fugaz que temiera ser capturado en un momento de descuido.
Con expresión exhausta, intente incorporarme. Aquel era el lugar más duro e incomodo de todos en los que mi espalda había tenido el privilegio de reposar, un travesaño de madera se clavada entre mi cuarta y quinta vértebra, el dolor era punzante, así que me apresuré a solucionarlo. Fue entonces y solo por unas décimas de segundo cuando mis ojos por accidente chocaron con los de ella, ópalos incandescentes, enmarcados en un ovalo perfectamente formado, dos rescoldos candentes me  inflamaron el corazón, esa criatura me observaba con la mirada más honesta e intensa que había sentido en mi vida.
Una figura del Sagrado Corazón de Jesús presidía la pared de enfrente. Este tipo de imágenes representan el bien, la santidad todo lo bueno que puede haber en este mundo, sin embargo su presencia atemoriza e intimida. ¿A quién no le sobrecoge una iglesia en la oscuridad de la noche?. ¿Quién no se lo piensa dos veces antes de penetrar en ellas?. En medio de la oscuridad, entre los oscilantes claroscuros provocados por las velas, sus llamas se mecen, registrando el movimiento a su alrededor, sensibles a la mínima ráfaga, incluso al aliento contenido. Las figuras reposan dormidas, ausentes, sin embargo cuando advierten tú presencia, vuelven sus caras curiosas fijas en los detalles, cuchicheando entre ellos. ¿Quién sabe de qué? cuando correr para liberarte de esa sensación terrorífica, es tu meta. 

En la alocada huida, en principio, a paso ligero y casi a punto de alcanzar la libertad, convertida en frenética carrera, sin querer volver la vista, quizás por miedo a convertirte en estatua de sal o simplemente por no confirmar nuestro terrorífico pensamiento. Entonces es cuando arrollas al párroco, que alertado por el ruido, te corta el acceso de salida, estrellándote con esa masa vestida de negro y crees cumplida la peor de tus pesadillas. Bramando por safarte, pero él te ha atrapado en sus garras y no te soltara hasta escuchar la reprimenda. Lo haces paciente, no te quedan fuerzas, ni para protestar, ni para nada, sin color en el rostro y respirando entrecortadamente, pero contento de que sea él  quien te ha cazado y no la grotesca imagen que rondaba tú cabeza.
Su afilada mirada se clavó en mis carnes como una cortante hoja. Este bondadoso hombre, dispuesto a creer por encima de todo en la inocencia. 
Su rostro estaba conmocionado ante tan súbita incriminación. Por fortuna, me amparaba el secreto de confesión.
Continuará...

lunes, 17 de julio de 2017

Las alas de un ángel rotas (17ª parte)

En la puerta del local lucían orgullosas unas extrañas letras difíciles de descifrar de un gusto muy barroco “la caprichosa”, un sugerente y atractivo olor lo envolvía todo a diez metros a la redonda, me vi atraído como Pilón por esa llamada invisible pero irresistible.
El local se hallaba repleto de parroquianos, la mayoría de ellos habituales por la familiaridad con que eran tratados por las empleadas. Devoraban ávidos, hidratos de carbono y azúcares, bollería recién salida de esas bocas ardientes que escupían producto a una velocidad de vértigo, parecía que el mismo Lucifer los calentara con su abrasador aliento. Por muy atractivo que le pareciera a mi pituitaria, mi estómago no estaba en consonancia. Detrás de mi taza de café observaba la despreocupación con la que todo el personal entraba y salía, engullendo entre medias, en breves minutos una o dos piezas humeantes, dejándolas resbalar por el tobogán de sus traqueas con premura, una taza de alguna infusión, café, leche, incluso algunos lo acompañaban de un carajillo.
Salí a la avenida, centrándome, tome rumbo a la parada del autobús. Quince minutos mas tarde cerré mis ojos en la oscuridad de mi alcoba.

De pie, enterré mis zapatos en la fresca y verde hierba, los calcetines se empaparon humedeciéndome los pies, insensible, contemplaba embelesado el contorno de mi madre al contraluz del atardecer, envuelta en un aura tan blanca como su alma, apoyada en el marco de la puerta principal de la casa que mi abuela poseía  en el  campo.  Hablaba  con un interlocutor que escapaba a mi  mirada.
Al principio fue como el caer del agua en la lejanía, ese tenue y agradable sonido se fue convirtiendo en un bullicio difícil de discernir, se hizo más y más intenso hasta que me fue muy fácil identificarlo.
La madera chillaba bajo su influjo destructor, chirriaba, crujía, yo sentía su angustia, la oía pedir auxilio. Las llamas alcanzaban el ático de la casa,  los cristales reventaban intentando una imposible huida. La reseca madera no se libraría de aquella maldición provocada por alguna mala persona. Vi una figura correr, intentaba salvarse. Una mano asesina la arrastraba hacia el interior de ese estigio, suplicaba, lloraba, no había piedad. El asesino condenaba a mi madre. La casa se desplomó sobre ellos. La vieja madera se rendio ante semejante rival, sepultándolo todo.
Me despertó un terrible dolor de garganta, llegué a oír  mis gritos que desgarraban las cuerdas vocales. Necesitaba calmarme, la cabeza me estallaba, el corazón latía con la fuerza de cien caballos salvajes.
Un escozor se apodero de mis rodillas al desplomarme sobre ellas –“Por Dios que alguien me ayude”—grite a la noche sin encontrar respuesta alguna--. Algo se rompía cada vez más dentro de mí, creía tocar fondo, pero ni siquiera lo rozaba. Casi sin comer y cebándose en mi las pesadillas, acabaría enloqueciendo, si es que no lo estaba ya.

 No se el tiempo que trascurrió. Permanecí sentado en los pies de la cama  negándome a dormir, a comer. Estaba en trance absorto en todo y en nada, no quería pensar, sin embargo, me faltaba el valor de liberarme con un rico cóctel de barbitúricos.
Los dedos mantenían presos los espesos mechones del cabello obligando a la cabeza a mantenerse erguida muy a su pesar.
Una sucia cucaracha se paseaba por el dormitorio como si aquello fuera la Gran Vía, asestándole un puntapié, malhumorado por el atrevimiento, acabó bajo la suela de mi zapato, a modo de fresco de Miguel Ángel, aunque mi suelo distaba años luz de asemejarse a la Capilla Sixtina. Recogiéndola  por la única pata que le quedaba pegada al cuerpo, le ofrecí un rápido y económico entierro marinero, sumergiéndola en la inmensidad de mí water y tirando de la cisterna, la encomendé al dios que habita en el cielo de los insectos, arácnidos y similares.

Sacando fuerzas de no se que lugar, adecente mi cuerpo, olía a inmundicia, vómito, no recordaba el ultimo día o las ultimas horas, bajé a la calle sin saber, si debía pedir un desayuno o una cena -- el reloj dijo las ocho y media. ¿De la mañana o de la tarde?--.  La fachada de una iglesia surgió ante mí. No por arte de magia, llevaba allí más de un siglo, no sabía como se llamaba pero si la había visto muchas veces en mis errático paseos. Atravesé indeciso, su arco de medio punto, solo abierto hasta la mitad, con timidez invitaba a los transeúntes a orar en su interior. Un largo pasillo central rematado por el altar y escoltado a ambos lados por inmóviles guardianes de madera, cansados de soportar el peso de beatas y devotos cristianos que acudían al refugio de un Dios generoso y benévolo, que les perdonara pecados a veces imperdonables, y que nada más salir olvidaban y volvían a cometer. Un sacerdote anónimo para mí en esos momentos, absolvía a alguna beata en el confesionario de sus mezquindades de vieja solterona, amargada y rencorosa, siempre ojo avisor a esas terribles maldades que otras personas cometían y ella se erigía en juez y jurado de morales distraídas. La vi sentarse consumida por la envidia y el deseo de otras vidas más felices que la suya, arrodillada parecía encogerse cada vez más, hasta convertirse solo en una molesta y olvidada mancha en el gastado suelo de la vieja iglesia.
Sin pensármelo dos veces ocupé su lugar tras la rejilla. Recordé las visitas a la casa de Dios los domingos, cuando era más pequeño, lo grato que resultaba el olor a incienso y a cera recien quemada.
--¡Ave Maria Purísima! –dijo una voz profunda y anónima--.
--Sin pecado concebida.—respondí por inercia--. Lo había hecho tantas veces que me resulto natural.
--¿De qué te acusas hijo mío?
Continuará...

jueves, 13 de julio de 2017

Las alas de un ángel rotas (16º parte)

Topé con una reja, ancha, alta, negra como la muerte, forjada por algún artesano anónimo, de sus manos recias, curtidas, nacieron finos trabajos como este. Pinchos en forma de espigas la coronaban, resultaban tan inocentes como mortíferas, si errabas en el acto de violar sus limites. Entre sus barrotes florecían hojas de variadas formas y tamaños, anárquicas, guardando la intimidad de los que allí reposaban para la eternidad, engarzadas desde siempre y para siempre a ambos lados de sus sólidos y fríos muros de piedra. Asomando tras ellos tímidamente, hileras de cipreses, deseando escapar de aquel angosto y solitario lugar. Los pies me condujeron hasta allí, en el único sitio donde mí corazón sentía calor.

Con un atlético salto me encaramé, apoyando las puntas de mis zapatos donde buenamente me lo permitía el forjado, de un acrobático salto, me libre de las amenazadoras puntas, cayendo a cuatro patas sobre el jardín que daba vida a la muerte. Figuras de tamaño natural representando personas o animales observaban atentamente mis movimientos, intimidándome con su presencia.

Hasta para mí que me era grato el lugar, los escalofríos iban y venían por mi columna helándome la sangre en aquella gélida noche.
Llegué a la lápida donde reposaba mi madre para siempre, junto a mi abuela. Quité las hojas que habían caído sobre ella, poniendo mis manos para que ambas sintieran mi calor, mi amor. Balbuceando y entre sollozos intentaba contarles para que me aconsejaran, necesitaba oír sus voces y sentir que le importaba a alguien en este mundo. Sin desearlo el sueño me cubrió con su manto, acurrucándome sobre la húmeda piedra.
Las sombras me rodearon, intentando tocarme o arrastrarme hacia algún negro abismo sin retorno,  mi abuela  acariciaba mi cabello como cuando era muy niño y sentía miedo de la oscuridad. Impidiendo que cumplieran su deseo.
Mi búho Nival, apareció de la nada, posándose sobre una  cruz de mármol, plegó sus alas con solemnidad, giró la cabeza para observar en derredor, fijando sus redondos e inexpresivos ojos en mí, su plumaje inmaculado resaltaba sobre la noche sin luna, sus garras de depredador, estaban cubiertas por un suave pelaje blanco, seguramente para protegerse del frió  en su lugar de origen, nunca observé ese detalle, lo veía por primera vez, me pareció asombrosa su adaptación al medio y me preguntaba como un animal de latitudes tan frías podía gustarle vivir aquí. Mi reflexión se interrumpió, las sombras que me acosaban se habían acercado peligrosamente, mi abuela no tenía la suficiente fuerza para alejarlas, una mano surgió de la oscuridad, no podía ver su rostro pero oí su voz clara como el día, no entendí las palabras, pero sonó tan dulce...

--¡Eh, Pervertido! ¿Qué haces ahí?.
La amenazadora figura de un hombre con una pala en alto me despertó de un golpe, sin pararme a dar explicaciones emprendí una veloz huida, pero el sepulturero, parecía entrenado en estos menesteres, corría cual liebre, arqueando ligeramente el cuerpo hacía delante para mantener el equilibrio y aunque la carrera se veía mermada por la edad, se conocía muy bien el terreno, eso me llevaba de ventaja, sintiéndome perdido, aturdido por el sobresaltado despertar, buscaba una vía de escape con desesperación. Le llevaba cierta ventaja y la aproveché en una arriesga y desesperada maniobra. Doblé en la primera calle formada por nichos de cinco pisos de altura, trepando con agilidad de simio, alcancé el techo de aquel muro, manteniendo el equilibrio y aguantando la respiración, comprobé una teoría que defendía un compañero de clase. Decía que la gente en raras ocasiones mira hacia arriba y así fue, aburrido, abandonó la caza. Permanecí unos minutos para asegurarme que no era una argucia para hacerme salir de mi escondrijo, desde allí, la perspectiva resultaba inmejorable. Pude verle trajinando de aquí para allá, lo suficientemente alejado para garantizar una retirada segura, me escabullí sin ser visto, al abrigo de plantas y árboles. Ya libre de miradas inquisidoras monte en el primer autobús que paso, sin importarme su destino, a través de las ventanas, las calles, se veían repletas de personas que sin reparar unas en otras se afanaban en llegar a algún lugar. Estaba seguro que aunque cayeras muerto a sus pies seguirían rodeándote en ese atolondrado caminar.

Turbado por los acontecimientos, me hice un hueco entre la multitud, quería perder mi identidad, enborregarme entre ellos para así no asumir responsabilidades y eludir culpas, que maravillosa era esa opción, pero estaba fuera de mis posibilidades.
Continuará...

lunes, 10 de julio de 2017

Las alas de un ángel rotas (15º parte)

Los chicos no habían mentido, eran limpias y educadas, si no escudriñabas a tu alrededor olvidabas donde estabas.
--¿Qué te ha ocurrido, estas sangrando?.
--Me han atracado en la calle, pero no es nada grave. ¿Podríamos pasar a la habitación antes que el calor me desangre?.
Solícita, me extendió un albornoz, cubriéndose con otro, me ayudó a llegar a la cama. El cabello resbalaba sobre nosotros empapado en sudor, nuestros poros se hallaban inmaculados después de semejante sesión. Los ojos llorosos, enrojecidos por la entrada incesante de gotas del salino elemento.

--¿Quiéres que te mire la herida?.
-- Por favor. Pero antes me daré una ducha.
-- ¡Claro! Como desees.
Tumbado en aquella cama de agua, el incesante movimiento me recordaba al de un barco, intentando marearme. Nunca he sido buen navegante, parecería una mariconada, así que aguantando a duras penas resistía mi hombría. No sé si fue el mareo o la angustia.
Pero cuando aquellas expertas manos comenzaron su trabajo, creí que candentes tizones me abrasaban, dejando a su paso profunda y dolorosas llagas. La anhelada danza comenzó suave, dulce, haciéndome dueño de su cuerpo, bailaba sobre mí, unidos en ese momento por un vinculo ineludible. Abrí los ojos, en su cara sé leía la lujuria, el deseo pecaminoso. En un momento irreflexivo la empujé con asco y violencia, como quien se libra de algo pestilente, repulsivo, que sobre ti babea y chupa tú energía.


Cocó, sorprendida y dolorida por el tremendo golpe, me vio salir como alma poseída por el diablo y como mi madre me trajo al mundo. Intenté ponerme el pantalón por la escalera, sucediendo lo lógico en estos casos, la bajé todo lo rápido que se puede hacer esto-- rodé hasta el final--. La Madame alertada, corría tras de mí preguntándome por lo sucedido, ignorando todo lo que me rodeaba corrí fuera de allí, el aire gélido me obligó a refugiarme en un portal para protegerme, colocaba las prendas precipitadamente, ya no tanto por miedo a ser descubierto en total desnudez, el frío de la noche se adhería a la piel provocando un castañeteo de dientes sonoro e involuntario. Permanecí en mí  improvisado escondrijo hasta asegurarme que en la calle reinaba una paz absoluta y el incidente había sido dado por zanjado.
Amparándome en las sombras de la noche me fundí con la oscuridad, con paso cansado y la mente en blanco, deambulé sin rumbo fijo. Que lejano veía ahora el momento en que salí de casa para recordar mentalmente los conceptos de mi examen, sólo me separaban horas, aunque a mí me parecían días.
Continuará...

sábado, 8 de julio de 2017

Las alas de un ángel rotas (14º parte)

En mi caso la única fantasía que deseaba, pasaba por lo imposible, la  purificación, si eso era posible a estas alturas. Abrir los poros y sacar la culpa, tristeza, maldad que en ellos se incrustaron durante estos años, una humeante y ardiente sauna parecía el sitio ideal. Sin decir que serian discretas con mi herida. Ellas deseaban tratar con la policía mucho menos que yo.

La  claustrofóbica decoración provocaría rechazo en cualquier persona con un mínimo de sensibilidad, grotescas litografías representando a gordezuelas damas copulando en cualquier postura imaginable, provocaban cierta desazón. Las paredes cubiertas por un entelado rojo sangre, último grito en los setenta y bastante bien conservado por cierto, atraían como moscas recuerdos que deseaba deshacerme de ellos. Aún así pagué por toda la noche a una descarada madame que no dudo en meterme mano con insolente desparpajo. Tanteando sin ningún tipo de disimulo mis glúteos, riendo descarada ante mis avergonzados aspavientos. Después de un pequeño interrogatorio sobre mis preferencias, decidió asignarme a Cocó.

 Me condujo hasta la humeante sauna, la temperatura reinante era tan alta que pensé que deseaba desplumarme como un pavo en Navidad, mi herida reaccionó ante el calor sangrando copiosamente. Entre aquella persistente niebla apareció enigmática mi acompañante, su cuerpo cubierto-- seguramente para combinarlo con el resto del decorado.—Con una toalla roja como la sangre, que por cierto corría ya hasta mi tobillo.
--¡Hola, cariño!. Me llamo Cocó. ¿Qué deseas que haga?.
Que te marches dije mentalmente, pero mis labios permanecieron cerrados como una cámara acorazada.
--Quitarte la toalla, por favor. El color sobrecoge un poco –se le escapó una estúpida risita—sin ningún pudor la dejo resbalar por sus costados, caderas  y acariciando sus prietos muslos de veinte añera, calló a sus pies. El rostro pasaba inadvertido, ante aquel cuerpo que sin lugar a dudas habría que estar muerto para ignorarlo, llenaba hasta el último rincón del pensamiento quitándole importancia a cualquier agente fuera de su anatomía perfecta, provocativa, voluptuosa. Cuando pude dejar de examinar sus puntiagudos pezones rosados que bailaban una exótica danza con el mas nimio de sus movimientos, el pubis rapado tipo mohicano, -- resaltando un extraño pero atractivo color rojizo--. La pequeña cintura parecía modelada por un artífice de la escultura, habiendo acompasado igualmente sus caderas, la imaginé bailando sobre mí, con parsimoniosa lentitud, trasportándome a paraísos lejanos y deseados, rozando esos prietos pezones sobre la piel de mi pecho. Aquellos pensamientos me estaban animando notablemente. Para variar, atravesé rápido la distancia que me separaba del rostro y comprobé complacido que lo acompañaba unas juveniles y bellas facciones, la boca pequeña pero hecha para cubrir los cuerpos de lujuriosos besos, las largas y negras pestañas hacían resaltar unos ojos grandes y grises, cálidos albergues para despojados como yo, pómulos redondos y sobresalientes le daban el aire de una niña revoltosa y juguetona, todo esto culminaba en una melena recogida anárquicamente casi del mismo tono que cubría su monte de Venus. Con curiosa insolencia – pregunté--.
--¿Todo es natural, o usas tinte en alguna parte de tú cuerpo?.
--¿Tú que crees?. Es cierto el color es algo extraño, pero yo no pude elegir, nací así. Si te desagrada, gustosamente te cambiaran de chica, -- un creciente enojo se leyó en sus palabras--.
--No te equivoques, eres de mí total agrado, perdona si te he ofendido, sólo era curiosidad, pero supongo que estarás harta de tanta curiosidad.-- Intentando calmar su enfado con palabras de complacencia--.
--Un poco, pero no debía de haberte dicho nada, disculpa.
Continuará...

jueves, 6 de julio de 2017

Las alas de un ángel rotas (13º parte)

Nota: Por problemas técnicos, el lunes no se pudo subir al blog el relato, así que esta semana hay relato hoy y el sábado, os pedimos disculpas y esperamos que os gusten los relatos de esta semana.
 
A altas horas de la madrugada las ciudades muestran su cara más poderosa, más siniestra, como si por ellas mismas pudieran engullirte, hacerte desaparecer en sus entrañas, caras desconfiadas, miradas venenosas, muecas desagradables y amenazas veladas por personas que te creen perdido o desamparado, acaban encontrando sorpresas inesperadas y desagradables.

Seis meses después de ese primer hecho que con habilidad había escondido entre las brumas de la mente, camuflando el dolor y la culpa. Preparaba un pesado examen sobre derecho romano, tanto dato que memorizar me estaba volviendo loco.
 
Hablo de una cálida y agradable noche de Mayo, los más noctámbulos paseaban disfrutando de su placidez. Intentaba recordar lo que había estado estudiando durante todo el día, lo repetía mentalmente. Absorto en mis eruditos pensamientos.
--¡Eh tu maricón!. ¿Dónde vas?.
Seguí el caminar decidido, ignorando la ofensa.
--Sordo. ¿Es que eres tonto además de maricón?
Aun así seguí ignorándolo. De espaldas a mi supuesto agresor, planeaba todo lo rápido que me permitía la situación una estrategia de defensa. Es peligroso subestimar a un adversario. Murmuraba para mí como un demente.
 
Con naturalidad y pasando inadvertida la acción. Comprobé que los guantes permanecían en los bolsillos -- así evitaba perderlos-- con disimulo introduje las manos en ellos, mirando con sigilo a mí alrededor recordé una callejuela de dos metros escasos de anchura a mis espaldas, la calzada presentaba su aspecto más solitario, como si los transeúntes alertados por el peligro hubieran puesto tierra por medio. Hubiera dado cualquier cosa por hallarme en un lugar concurrido. Sentía una sensación de horror que me abrumaba.
 
El fulano, visiblemente enojado, me increpó con una afilada hoja que sentí peligrosamente clavada en el costado, una sospechosa humedad se deslizó hasta mí cintura, sin querer darle más motivo de violencia innecesaria, me giré con lentitud. La lógica no cedió ni un ápice de terreno al pánico, su mirada fija y la innecesaria ducha de maloliente saliva comenzó a exasperarme.
 
Una especie de fideo andante, pero con mucho nervio y con la visible necesidad de una dosis urgente, me escupía insultos – nunca mejor expresado, ya que en su creciente nerviosismo su saliva me alcanzaba más veces de las deseadas —su pelo encrespado por la falta de uso del jabón se apelmazaba en gruesos y pegajosos mechones, caían con trabajo hasta los hombros, labios finos, descoloridos, dientes separados unos de otros con restos en su superficie de la ultima comida, su barbilla puntiaguda con un pequeño y desagradable chivo adornándola, sus manos poseían tal cantidad de porquería incrustadas en las palmas y sobre todo bajo las uñas, que si hubiera sido dinero, no habría tenido que delinquir en mucho tiempo, me preocupaba más un contacto con ellas que con el filo de la navaja, el cual relucía bajo la noche clara, iluminada por cientos de parpadeantes estrellas. Yo lo superaba al menos en cuatro dedos de estatura, mis músculos fuertes y bien torneados presentaban una desigualdad notable entre los dos. Midiendo nuestras fuerzas y pasándole inadvertido el hecho, me aproximaba con lentitud calculada. El sonido de mi voz sonaba bajo, hablándole con suave lentitud, procuraba crearle una falsa sensación de desamparo.

Antes que pudiera adivinar mis intenciones con un golpe seco en ambas manos en direcciones opuestas, golpee sus brazos, provocando la caída de su afilada arma, sin darle tiempo a reaccionar, aseste un certero golpe a los testículos, postrándolo de rodillas en actitud orante, con los dedos entrelazados, emulando con mis manos una maza, las deje caer con todas mis fuerzas sobre su nuca, cayó desmadejado como un muñeco de trapo, inconsciente o muerto, no me paré a averiguarlo, cogiendo un pellizco de las harapientas prendas que cubrían su inerte cuerpo, lo arrastré hasta el callejón que se hallaba a escasos metros de nosotros, los alrededores sólo lo transitaban alguna tímida rata estimulada por el olor a basura reinante, provocado por unos contenedores de basura cercanos y descaradas cucarachas, que con porte de ratones, se paseaban seguras de su supervivencia al genero humano. Escondido en mí improvisado cubil lo golpeé hasta matarlo. Cuando recobré la serenidad su cara me sugirió un recuerdo tan espantoso, como doloroso, presentaba el párpado casi desecho, el rostro tan ensangrentado que se asemejaba a carne picada. Horrorizado por mi acto de salvajismo, lo tapé como pude, basura, cartones y objetos que encontré alrededor. Al igual que el niño pequeño que quiere esconder una terrible travesura y teme el castigo de mamá.
 
Furtivo y mirando en todas direcciones, comprobé que los posibles testigos se encontraban ausentes, enfrascados en menesteres más agradables.
Aquel acto, no era lo mismo que el que yo ya creía olvidado, me sentía asesino, aunque la victima la viera como pura escoria. ¿Quién era yo para erigirme en juez, jurado y verdugo de nadie? ¿Quizás me estaba convirtiendo en lo más odiado para mí?. En mí procreador, quizás la genética tuviera más importancia de lo que yo suponía. La conclusión me resultaba espeluznante, no podía ser. Corrí por las calles solitarias, cruzándome con varios coches de policía que patrullaban la cuidad, manteniendo el orden y frenando la delincuencia. ¿Qué paradoja, verdad?. Me asqueaba de mí mismo pero no estaba preparado para confesar, para afrontar mi destino.
 
Algo mareado me acordé en la baranda que me separaba del rió Manzanares, el costado me escocia y lo sentía húmedo, deslicé los dedos bajo la chaqueta. No era sudor, ¿Gelatina en el costado?. La afilada hoja con la que el agresor me amenazara hacia unos momentos me había alcanzado. Todavía llevaba los guantes que usara con la intención de no dejar huellas o restos de mi piel en la victima. La intencionalidad me pareció absoluta. ¿Cómo podía ser?. Yo no soy una mala persona, esto solo ha sido un accidente. ¡Tanta premeditación!. Arrancándomelos con violencia de las manos, los tire a las aguas que lucían serenas como un espejo negro en el que se reflejaba mi macabra acción, penetraron violentando su descanso, formando unas ondas a su alrededor en señal de protesta, engulléndolos hasta hacerlos desaparecer, pero ni aquellas aguas oscuras y tristes, ni la sangre que corría por mí costado, ni el sudor que me empapaba tras la carrera eran justificación suficiente. Cerca de esa avenida en la calle –no recuerdo el nombre--.
Había una conocida casa de putas, de la cual yo no era cliente pero si había oído hablar de ella a los compañeros, no era barata pero las chicas pasaban controles sanitarios periódicos, todo estaba muy limpio y hacían trabajos de todas las nacionalidades francés, griego, tailandés, cubano.
Si estabas dispuesto a pagar su justo precio, cualquier fantasía que te hiciera la vida más agradable la harían realidad.
Continuará...

jueves, 29 de junio de 2017

Las alas de un ángel rotas (12º parte)

Estas noches tan especiales solía pasarlas en casa de mi albacea, Daniel Rodríguez, intimo de mi abuela, su familia era encantadora y me recibían con los brazos abiertos, quizás por que se apiadaban de mi situación, eso solía molestarme un poco. Sin embargo, olvidaba la cuestión y cubriéndolo con un estúpido velo, disfrutaba de la fiesta y de la compañía de tan buenas y agradables personas. Su ambiente familiar seria la envidia de cualquier mujer o hijo con los hogares rotos. Se querían, se apoyaban y formaban una autentica unidad familiar, supongo que además de su honradez fue elegido por este motivo como tutor por la madre de mi progenitora.

Las cosas siguieron su curso como si nada malo hubiera pasado, la única nota discordante en mi vida, fueron unas extrañas pesadillas que olvidaba nada más despertar y a duras penas lograba reconstruirlas ya consciente, lo que siempre quedaba impreso en  mi recuerdo era la imagen del que suponía mi búho. Volaba de espaldas a mí, alejándose inexorablemente. ¿Huía?.-- Me preguntaba--. ¿Lo haría de mí?.  Su plumaje se veía salpicado por manchas rojas que resbalaban hasta el borde de sus hermosas y majestuosas alas, goteando en él vació. Esta imagen se repitió durante muchos años, tomando matices nuevos al transcurrir del tiempo. 

Negando incrédulo la existencia de un orden oculto, los esqueletos escondidos en mi armario no tardarían en salir para atormentarme con toda impunidad.
De una forma paulatina, casi sin sentirlo, volví a mi carácter huraño y taciturno, la risa habitaba en un lugar desconocido para mí.

Tenía miedo a olvidar, o lo que consideraba peor, de perdonar. Cuan equivocado estaba. El maligno parásito que incubaba en mí, sé hacia más grande y más peligroso.
Todo este sin vivir no parecía afectar a mis estudios, superaba los exámenes con facilidad concentrándome sin dificultad y con el tiempo adquirí nuevos hábitos. Una mente selectiva que olvidaba lo que le hacía daño recordar. Paseaba en plena noche al amparo de lúgubres farolas callejeras.
Continuará...

lunes, 26 de junio de 2017

Las alas de un ángel rotas (11º parte)

Fui a coger como siempre al ascensor, la conciencia jugaba conmigo, al abrirse las puertas podía estar esperándome mi defuncionado amigo y ante esta sospecha, salvé los tres pisos raudo, saltando los escalones de tres en tres, metí la llave en la cerradura, un vecino alertado por el ruido asomó la nariz por una pequeña rendija de la puerta, con tono jocoso y burlón cambiando el timbre de mi voz le di las buenas noches. Cerré la gruesa madera que me servía para aislarme del exterior, apoyándome en ella para sentir la seguridad de hogar.

Esperé en vano a mi amigo el búho nival, supe que algo malo había hecho ya que durante siete años no falto ni una noche a su cita, pero desde aquel día jamás volvió, eso me hizo pensar que quizás no fuera lo que yo pensaba. ¡Bueno no sé!. Lo que sí puedo asegurar es que todavía lo echo de menos y anhelo su compañía. Quizás cuando cumpla penitencia por mis pecados me perdone.

La mañana siguiente se presentó fría como es de esperar de un 24 de Diciembre. Con cierto aire de clandestinidad, compré varios periódicos, para recoger los comentarios de la gente, me senté a ojearlos en una cafetería cercana a casa. Allí todo el mundo me conocía, me seria fácil recabar información.

Una pequeña reseña en la página de sucesos es lo único que pude encontrar, al parecer el pobre diablo no tenía muchos amigos. Se llamaba Ricardo Méndez Pérez, se hablaba de ajuste de cuentas por algún asunto de drogas. En lo del ajuste de cuentas no iban muy mal encaminados, yo lo  había hecho por otras personas, como a nadie le interesaba el tema, pensé que lo mejor seria olvidarse del incidente. La vida básicamente es desagradable, para unos, más que para otros.

No solo me mostraba insensible ante la mala acción, sino que me sentía insuflado de vida. Con tortuosa frialdad, salí del local me acomodé bajo mi ropa de abrigo, tiré todos los noticiarios en la primera papelera que encontré y disfrute del ambiente navideño. Efectué algunas compras, llegando a bromear con las dependientas, sentía dentro de mí que la rabia se adormecía, estas navidades había un hijo de puta menos pisando la tierra y eso me hacía sentirme muy feliz.
Continuará...

jueves, 22 de junio de 2017

Las alas de un ángel rotas (10º parte)

Al cumplir los diecinueve años, cursé el primer año de Universidad y aunque mi abuela falleció seis meses después, entre ella y mi madre habían creado un fondo fiduciario y un albacea legal para que pudiera estudiar cualquier carrera sin sentirme apremiado por falta de dinero. No sé si lo ignora, estudié abogacía. 

Tras las numerosas perdidas acaecidas en mi vida, me instalé solo, en un luminoso apartamento cerca de la Universidad, por las noches me gustaba salir a pasear por lugares bulliciosos y escuchar las despreocupadas risas de las gentes, quizás, porque yo era incapaz de practicarla.


Un  23 de diciembre paseaba viendo como los transeúntes se afanaban por comprar los últimos regalos del día de Navidad, me distraía creando formas con el vaho que salía por mi boca, acurrucado bajo el abrigo y la bufanda, pensando en cosas triviales.
Como suele pasar en las grandes ciudades sin darme cuenta al doblar una esquina observé, que el paisaje no me era familiar, seguí caminando abrigado por el silencio. Fue roto con brutal desgarro. Aceleré el paso. 

En una callejuela de parca iluminación, una solitaria bombilla de bajo amperaje parpadeaba con ansia por disfrutar del descanso eterno, la luna se miraba con femenina  coquetería en los charcos que se habían formado en los diversos socavones, duplicando su imagen sin ningún pudor. 
Entre cajas de cartón vacías y contenedores de basura un hombre corpulento molía a golpes a alguien, por sus conmovedores lamentos y suplicas pude identificar sin ningún problema el genero de la agredida.
El viento arreció anunciando lluvia, trayendo rachas de aire helado pero no pudo enfriar la furia que se desató. 

Algo en mi interior y muy a pesar mío, cobró vida. Sin mediar palabra avance hacia ellos, con los músculos tensos y los sentidos captando el mínimo cambio a mí alrededor. Tropecé con algo que emitió un sonido metálico, me agazape sintiéndome descubierto, el ruido paso desapercibido, una rata peluda y desagradable, huía ante semejante alboroto, interrumpiendo su frugal ingesta de alimento, los ojos chocaron con una barra redonda de hierro macizo, sin pensarlo y en trance, la descargué con todas mis fuerzas sobre la cabeza de aquel gorila, la mujer al sentirse libre de sus crueles garras, arrastrándose a duras penas, se perdió entre las tinieblas de la noche. Cayó a plomo inmóvil, golpeándose contra el contenedor y luego con más fuerza sobre los adoquines. Quedé allí absorto en mí obra, paralizado por el horror.
--¿Qué debía hacer?. Llamar a la policía y decirle que había matado a una escoria de la sociedad, no pensaba ir a la cárcel por semejante tipejo. Comprobé con minuciosidad cada uno de los detalles. Mis manos se hallaban cubiertas por unos guantes de fina y reluciente piel, su pulso había desaparecido y de su nuca, la sangre manaba como de una inagotable fuente, reposé la barra sobre el suelo y desee verle la cara. ¿Me preguntaba como seria?. La luna cómplice y silenciosa ayudó a saciar mí curiosidad. Al volverlo con precaución de no mancharme de sangre, apareció su rostro ante mí.
Facciones crueles lo marcaban. Una profunda cicatriz cruzaba su ceja derecha alcanzándole el párpado, la nariz aplastada -- posiblemente rota en una pelea callejera-- dientes picados, sucios por falta de higiene, agravado por el consumo de café y tabaco. La luz de la luna filtrándose entre los dos edificios me permitió un examen exhaustivo del desgraciado, asegurándome que lo había descerebrado, dije en voz baja para la ausente victima de su crueldad.


-- ¡Éste es mi regalo de Navidad, úsalo con sabiduría!.
Asegurándome que no dejaba ninguna pista, me puse en pie, girando con aire marcial sobre mis tacones. La incertidumbre me rondó, asaltándome la duda. ¿Y si estoy equivocado y el tipo se incorpora?. Emprendí una alocada carrera, comprobando unos metros más allá del callejón, que nadie me seguía, mí único perseguidor una creativa imaginación, pero tengo que reconocer que la sensación fue tan real, llegué a notar el desagradable aliento caliente y maloliente del desafortunado.

Caminé sin rumbo, confuso por lo ocurrido. La intermitencia de un neón me volvió a la realidad. Empujé la puerta de cristales, se hallaba lleno de publico que bromeaba y bebía, el calorcillo del local agradaba, pude desprenderme de los guantes la bufanda y el abrigo. Una chica algo ebria se dirigió a mí.
--¡Hola!. ¿Cómo te llamas?. Yo me llamo Clara, aunque la noche está oscura, ji, ji, ji, rió estúpida, en otro momento hubiera deseado que se volatilizara que la pulverizara un viento huracanado, haciendo desaparecer las bobas facciones que la acompañaban, pero ahora no puse reparo, seguí escuchando sus chistes tontos de beoda, invitándola a varias copas, ---volvía a ser yo mismo, controlaba de nuevo mis nervios--, dejándole pagada una más, me aseguraba su amnesia. Escabulléndome en medio de la noche, paré un taxi que circulaba por la desierta avenida, dos o tres parroquianos caminaban o al menos lo intentaban, entre tras pies y charlas  sin sentido eran los únicos testigos de mi huida.
Continuará...

lunes, 19 de junio de 2017

Las alas de un ángel rotas (9º parte)

--¡Le contaré una anécdota muy divertida!.
El cementerio es un lugar muy grato para mí, cuando tengo una inquietud, una duda, --paseo por sus calles-- es el único lugar donde puedo visitar a mi madre, pedirle consejo, sentado sobre la fría piedra procuro transmitirle calor, cerrando los ojos siento su presencia.


 Un maravilloso día gris y lluvioso, vi entrar un cortejo fúnebre, solidarizándome con la familia por su perdida, lo acompañé. Cual no seria mi sorpresa al distinguir unas facciones que aborrecía, el cómplice de mi padre, el juez imparte injusticia. Lo presidía lloroso y demacrado, como puede imaginar, una morbosa curiosidad me impulso a llegar al fondo del misterioso suceso. Cosa de Dios o del Demonio, me daba igual. Disfrutaba viendo esa mandíbula fláccida, desencajada de dolor, el pelo cano pero tan abundante como las cejas, parasoles perfectamente ubicados para protegerse del sol y esa nariz pequeña y bulbosa que recordaba la de un Troll.  Su hija, -- su única hija -- había muerto de una brutal paliza a manos de su amantísimo esposo. Como es de esperar la sentencia fue una burla. ¡Cómo siempre!. Para la victima y para la familia.

Seguí al apenado cortejo por las adoquinadas calles, respiraba entrecortadamente incapaz de serenarme, los ojos del viejo dejaban traslucir su pesar. Llegamos ante una fachada sin apenas ornamentos, la piedra ennegrecida por el moho lucia en todo su vetusto esplendor.--¡Quizás merecía una duda razonable!--. Pero la venganza es dulce y recorre con su fuerza imparable cada fibra de nuestro ser, no razona, ni tiene piedad y tanto el cuerpo como el alma se empapa de esta dulce ambrosia.

Plantado como un ajado ciprés ante la negra puerta del panteón familiar, dejaba que el agua empapara sus ropas y pegara el pelo a su frente, las saladas lágrimas se mezclaron con el agua que prolíficamente caía del cielo, en esos momentos no parecía tan poderoso e imperturbable, tan intocable. La vida le golpeaba donde más le dolía y  pensé que por primera vez se impartía justicia. Disfruté el momento con una morbosidad sin limites, saboreando cada minuto, cada segundo, cada décima de segundo de su dolor. Esperé a que se encontrara solo y con una sarcástica sonrisa le extendí la mano –sabia que mi nombre no le sonaría a nada, así que me presente como una de sus victimas --. Le expresé mi satisfacción por el hecho ocurrido, recordándole que a cada cerdo le llega su San Martín. Sus ojos ensangrentados por el llanto me miraron turbados, incrédulos, espantados. Mientras me alejaba pisando con ruidosa seguridad el camino de grava, aspirando el olor a tierra mojada, tarareando una alegre cancioncilla.

En el fondo mi abuela tenia razón, decía que si era paciente, la vida se encarga de poner las cosas en su lugar. Pero yo carezco de esa virtud.
Continuará...

jueves, 15 de junio de 2017

Las alas de un ángel rotas (8º parte)

                                                           -INFIERNO-

Desde aquel día, me acompañó, un trémulo silencio, un aire huraño y deprimido. Mi abuela, quizás influida por la edad, decidió vivirlo con resignado desamparo, yo no pude. Mi ira era tan fuerte que incluso exteriorizarla me costaba un gran esfuerzo, así que la viví para mí, guardándola y permitiéndole la salida en contadas ocasiones, pero cuando esto ocurría, me era imposible controlarla incluso casi ni recordarla.


--Como es de esperar la justicia se mantuvo en su línea y aunque mi madre no pudo recuperarse y su corazón se apagó como una vela gastada, el juez Don Antonio Llamazares Sánchez, no encontró la paliza como causa de la muerte, se le condenó por golpearla y lo sentenciaron simplemente a cuatro años de cárcel, por más que se apeló y recurrió la sentencia, el todo poderoso juez se salió con la suya y una vez más al igual que tantos otros se convertía en cómplice de asesinato.

---Nunca lo entendí y perdone mi tozudez. Se lo pregunto a usted como abogado. ¿Si  encubro un asesinato, un robo o cualquier otro acto delictivo, la ley me castigara por cómplice?. Un juez lo hace con asesinos, maltratadores y él imparte justicia. Perdóneme pero no lo entiendo, ni la mayoría de gente sencilla y corriente, quizás estos problemas no se resuelven, porque muchos de estos jueces, ellos mismos son maltratadores. Y porque al fin y  al cabo que tiene que ver la ley con la justicia.
¡No me mire con esa cara!. Tampoco hace falta que me responda a estas alturas, no creo que tenga mucho sentido.

En los dos años siguientes por complacer a la abuela, visite innumerables psicólogos, psiquiatras, terapeutas como puede ver sin ningún resultado, ya que me encuentro en una habitación pagada por el estado.

La desesperación, ese sentimiento insoportable que te hace desear la muerte, se alivia con el tiempo, se hace más llevadero, el corazón deja de oprimirte en el pecho, dificultándote la respiración, pero nunca te abandona, vive por siempre para ti y por ti, haciéndose más latente exclusivamente en fechas muy especiales como navidades, cumpleaños u eventos extraordinarios.
La cosa aun se puso mejor, esto era la ley de Murphy, si algo puede salir mal, esta claro que tarde o temprano saldrá mal. A los dos años por buen comportamiento el estado arrojó a otro asesino a la calle y encima, parecía tener derecho a quitarle la custodia a mi abuela ya que por su edad, se la concedieron  temporalmente. Gracias a que no escatimó recursos monetarios en abogados y que yo casi tenia los diecisiete años, entre aplazamientos y juicios logramos que no me movieran de su lado.
Llamaba en plena noche intentando asustarnos, pero ya no podía hacerlo más de lo que lo había hecho, matando a mi madre.
Continuará...

lunes, 12 de junio de 2017

Las alas de un ángel rotas (7º parte)

Un búho blanco de ojos redondos y afilado pico, acudió por primera vez aquel día a mi ventana. Su mirada penetrante me incomodaba, el volver de su cabeza me recordaba algo demoníaco, sobrenatural. Nunca compartí la experiencia con nadie, temía las burlas y la incredulidad. A lo largo de mi vida ha sido mi confidente leal y mudo, acabé anhelando su visita con verdadera ansiedad. En vacaciones y otras fiestas en las que cambiábamos de domicilio, me preocupaba que no me encontrara, sin embargo él parecía no tener problemas, siempre lo hallaba en mi ventana esperando su recompensa, luego escuchaba paciente mis temores. Así fue durante mucho tiempo hasta que cambio mi forma ...
--Eso mejor se lo explico más adelante.


--¡Hablábamos de mis temores, bien!. No volvimos a ver a este hombre, ni visitas, ni señales de vida. Comencé a prometerme una existencia tranquila junto a mi madre y mi abuela.
El día de mi catorce cumpleaños, amanecí cansado y sin ganas de asistir a clase, el cielo se veía cubierto por una suave bruma. Escruté el rostro de mamá buscando un punto de debilidad que me permitiera quedarme en casa, con voz dulce e insistente no permitió que me saliera con la mía, al volverme para decirle adiós con la mano sólo distinguí su silueta recortada sobre la claridad que se proyectaba a su espalda.  

En el colegio olvidé mis temores, para la hora de regreso, había cambiado mi estado de animo. Abrí la puerta de un golpe como solía hacerlo siempre. Una depravada oscuridad reinaba en toda la casa. Una especie de grito salió por mi boca, la nariz aleteaba enloquecida dificultándome la respiración, la sangre corría por las venas a velocidad de vértigo, cerré y abrí los ojos creyéndolo una alucinación. Era incapaz de creer lo que estaba contemplando, el odio reconcomía mi alma, al aflorarme profundos sentimientos de ira, menosprecio y dolor. Levanté la mirada al cielo acechando a Dios, para intentar descubrir si veía estas cosas, si estaba en todos sitios como decían los curas. Y lo maldije una y otra vez por no proteger a una de sus hijas. Esperaba que éste fatal desenlace no nos llevara  a una trágica resolución.

Los cuadernos y libros revolotearon como pájaros inexpertos, estrellándose contra el suelo, impulsados por una convulsión súbita.
--¡Mamá!. Y el grito se ahogo en la garganta.
 Las paredes estaban decoradas macabramente con arañazos de sangre, reposaba sobre una alfombra roja, vertida por ella misma, extendida en su huída en busca de la salvación. Su bello y apacible rostro desfigurado a golpes, el párpado izquierdo casi colgaba en su totalidad, el prominente fluido rojo dificultaba la evaluación de las heridas, con la mano derecha se presionaba el estómago, tímidos hilos de sangre se escapaban entre sus dedos. La abracé besándola sin importarme otra cosa que estar junto a ella. Sin embargo la urgente necesidad de auxiliarla me hizo buscar el teléfono, no me fue fácil, el salón presentaba visibles señales de lucha, arrancado, pude distinguirlo bajo unos cojines, no estaba dañado. Con torpes y temblorosas manos y sin dejar de consolarla, pedí ayuda a la policía, atropellándome en mi relato. En una letanía monótona e interminable sólo acertaba a decir, mi dirección, repitiendo con insistencia, ¡Mamá!, ¡Mamá!, ¡Mamá!.
Continuará...

jueves, 8 de junio de 2017

Las alas de un ángel rotas (6º parte)

--¡Pablo!—gritó, haciendo que su voz rebotara en mi interior como una pelota certera y directa--. Crees que nos regalan las cosas pequeño saco de mierda –dijo—abriendo y cerrando ese pozo negro, por el que sólo escupía odio.

Lo miré desconcertado sin saber que pasaba en ese momento, --de dos zancadas me alcanzó con las zarpas de oso que poseía por manos, agarrándome con tal fuerza por el cuello, que creí que la columna acabaría entre sus dedos--. Cogió el vaso de leche, --que por cierto estaba casi vacío-- y estrellándolo contra mis labios con violencia, vertió las últimas gotas sobre la camisa limpia. Un dolor agudo estalló en la boca, --como una brusca explosión de fuegos artificiales, sintiendo que la piel me abrasaba--, poniendo la mano sobre ella por puro reflejo, comprobé que la sangre fluía copiosamente, alarmado verifiqué que por suerte sólo el labio sufría daños, mis dientes se habían salvado. Mi madre alarmada lanzó un grito, acudiendo al instante a socorrerme. Las lágrimas quisieron traicionarme, no iba a darle esa satisfacción, las engullí con entereza y corrí a mi habitación.

El escándalo comenzó al instante, con la cabeza presa de la almohada intentaba no escuchar, hasta que  el grito de mamá despertó al paladín de damas en apuros que todo  hombre –y quiero subrayar la palabra “hombre”,”no-rata”, vive en nuestro interior--. Corrí despavorido a socorrerla, la cosa no paso de unos gritos y una bofetada que le hizo perder el equilibrio.
Lloré larga y mansamente en sus brazos, reprimiendo la angustia por gritar y la sensación de pánico, acepté  su sonrisa cómplice y tierna. Cada vez que veía a ese hombre -- y era mucho más a menudo de lo que yo deseaba --, a duras penas podía mal disimular mi rencor, eso no beneficiaba demasiado la convivencia, pero era imposible mostrarle otro rostro al verdugo – a éste ser que me estaba robando la infancia y la pubertad--.
Seis meses más tarde y desengañada de toda posibilidad de convivencia, solicitó la separación. Su corazón estaba débil, el médico aconsejó tranquilidad absoluta. Se presentaron partes médicos, denuncias, fotografías y declaraciones de vecinos y amigos, solicitando la expulsión inmediata de este hombre de la casa. Pareció aceptar aquello con aire seco e imperturbable. No puedo recordar que dijo, pero si una inquietante precipitación en su voz, una calma fría y lúcida. No exteriorizo emoción alguna y eso me asustaba más que cualquier otra cosa. ¿Quizás tuviera ya un plan preconcebido?. O quizás yo olfateara en el aire temores que sólo existían en la mente de un niño asustado.
Continuará...

martes, 6 de junio de 2017

Las alas de un ángel (rotas 5º parte)

La abuela poseía una agradable finca en el campo, rodeada de árboles con una enorme pradera frente al porche. Una construcción de madera muy antigua, con dos pisos y muchas habitaciones para jugar y ser feliz. En un rincón del amplio salón, una gran chimenea de piedra, repleta de marcos, de plata, madera, tela, metálicos, antiguos, modernos, con fotos de personas ya muertas o bien que nunca había conocido.

Corría emulando al zorro justiciero, atizador en ristre, vengando afrentas infringidas a bellas damas, mi madre me miraba a través de los grandes ventanales que daban a ese verde y maravilloso prado salpicado de flores multicolores amapolas, margaritas, lirios silvestres, en esos momentos me gustaba refugiarme en su regazo sintiendo que ningún mal podría alcanzarme mientras esas manos me protegieran.
No quise preguntar nada, tampoco ellas tuvieron fuerzas para mentirme, ni para decirme la verdad, se suponía que tan cruel era una cosa como la otra. ¿Cómo se le explica a un niño que su padre golpea a su madre?. ¿Qué excusa le puedes dar?. ¿Qué está loco?—pues que lo encierren, lo diría hasta un bebé--. ¡Pero no! La figura paterna es necesaria –dicen los entendidos—da igual que lo que tú emules como adulto sea a un asesino, un drogadicto, un sinvergüenza.........—lo importante es la sangre, el portador de esperma puede deshacer tu cerebro hasta convertirlo en huevo hilado, ¡Pero recuerda, es tú padre, haga lo que haga y te convierta en lo que te convierta!. Yo lo veo como la sustitución del derecho de pernada---sin lógica pero de una veracidad que le hiela la sangre a cualquier persona que le afecte el problema. 

Cuando más felices éramos y la normalidad parecía volver a nuestras vidas. Casi a finales de septiembre, -- me encontraba ahogando hormigas--. Una nube de polvo como un destructor tornado se acercó por el camino de tierra que conducía hasta la casa. 


Perdí las ganas de seguir ejecutando bichos que nada me habían hecho y corrí por instinto junto a mi madre.
--¿Qué te pasa Pablo?. --Le señalé el camino--. ¡Si, viene un coche!. ¿Y qué?. Será alguna visita o la tienda que nos trae la compra.
Sabía que no, lo vi acercarse cada vez con más nitidez, inexorable, como una maldición bíblica. El coche rojo del hombre que se había casado con mi madre, de su verdugo. Me escondí bajo las tablas del porche y lloré mi mala suerte con impotencia y rabia.
Los oí llamarme, taponé los oídos con mis dedos, los introduje tan fuerte y tan profundo que llegué a hacerme daño en ellos, mi abuela creo que supo todo el tiempo donde me encontraba, pero respetó mi decisión. 

Mi madre intentó explicarme lo inexplicable, acepté por ella, regresamos a casa a finales de septiembre. Nunca volví a marcharme al colegio como antes, siempre temía encontrarme un coche de policía o mi madre golpeada de nuevo. Rezaba por las noches para que sufriera un accidente o muriera de alguna enfermedad rápida pero devastadora, dejándonos tranquilos, pero eso nunca sucedió, debe ser que Dios no atiende ese tipo de peticiones por muy justas o necesarias que nos parezcan. 

Transcurridos casi diez meses, con una chulería insultante, volvió a mostrarnos su faceta más diabólica, poniendo de nuevo nuestras vidas en jaque.
Esa fatídica mañana de domingo se levantó de mal humor, mamá me pidió que me metiera en mi habitación y no hiciera ruido, hasta que se calmara un poco  o decidiera salir a dar un paseo—usando ese tono tan dulce que acariciaba los sentidos--. Obedecí al instante y de buen grado, no había cosa que me resultara más placentera que no encontrarme en el mismo lugar que él, pero buscaba gresca y estaba dispuesto a provocarla si fuera necesario para justificar su mala sangre.
Continuará...

sábado, 3 de junio de 2017

Las alas de un ángel rotas (4º parte)

--LIMBO--

 Todo comenzó hace muchos años, quizás esto hubiera pasado igual, aunque mi vida se desarrollara de otra manera. No lo sé.
En casa de mis padres siempre se respiró una calma tensa, o al menos así lo recuerdo, mi madre parecía un gato al borde de engancharse al techo al menor ruido, cualquier movimiento a su alrededor la alteraba, sólo en raras ocasiones se veía relajada y sonriente, pasado el tiempo pude observar que esos periodos siempre coincidían con las ausencias del que yo por aquel entonces llamaba feliz y despreocupado, papá. También hay que puntualizar que no eran muy frecuentes, ya que su trabajo resultaba ser bastante sedentario y monótono.


El día de mi décimo cumpleaños amaneció luminoso, el sol brillaba calentando la tierra, haciendo crecer flores multicolores en el campo, los pajarillos cantaban felices desde las ramas de los árboles y yo me sentía pletórico. Volví corriendo del colegio, deseaba ver el regalo que me habían comprado en casa. Por la tarde se celebraría como todos los años una pequeña fiesta, sólo mis dos íntimos amigos y mi abuela materna, la única que aún  vivía. Mi felicidad era completa, el profesor de matemáticas estaba enfermo así que nos permitieron salir una hora antes del cole, lo tomé como un regalo especial, por ser un día especial, solo se cumple una vez al año, tampoco me parecía tanto pedir que ese día pasaran cosas distintas a lo habitual.
Sin embargo la casa estaba diferente, el silencio lo envolvía todo,  un escalofrió recorrió mi columna de arriba abajo, alterándome el animo. Mi madre algo sorprendida por la prematura llegada, salió de la cocina intentando disimular, pero su callado llanto se clavó en mi corazón como aguda aguja de acero candente.


--¿Qué ha pasado mamá?. ¿Qué tienes en la cara?.—las lágrimas acudieron raúdas, resbalando copiosamente por mis mejillas—
--¡No te asustes mi amor!. Me he caído, sólo es un golpe.
Pasé mis pequeños dedos sobre su cara con la esperanza de aliviar su dolor.
¡Ven mami, agáchate!. Te daré muchos, muchísimos besitos para que se te cure pronto.
 Mis labios besaron suavemente una y otra vez su golpeada piel.
--¿A qué ya te duele menos? –más que una pregunta fue un ruego.
--¡Claro que sí!. Ahora veamos tu tarta de cumpleaños.
Los dos intentábamos disimular la pena que nos ahogaba, pero deseaba tanto verla feliz, que hubiera hecho cualquier cosa. Una terrible sospecha anidó en el corazón, la sensación aún sin pruebas de que algo anormal y terrible se cernía sobre nuestras cabezas. Una pequeña luz de alarma parpadeaba incesante en mi interior advirtiéndome de un inminente peligro. Cuanta verdad había en ese aviso.

 A veces escuchaba a mamá y a la abuela discutir bastante acaloradamente, en otras ocasiones mi abuela visiblemente enfadada, hablaba y hablaba, mi madre cabizbaja y llorosa escuchaba.
Faltaban cuatro días para que nos dieran las vacaciones de verano, me parecía que nada podría enturbiar mi felicidad, golpeaba cada piedra que encontraba de regreso a casa, tarareando una canción que escuché por la mañana, la alegre melodía quedó muda atrapada en mi interior. Un coche de policía estaba aparcado en la puerta de casa y los vecinos como comadrejas curioseaban alrededor, antes de alcanzar la entrada una ambulancia me obstruyó el paso, mis piernas se quedaron sin fuerzas, intentaba llamar a mi madre, correr a su encuentro, sin embargo mis pies se hallaban clavados al suelo, dos
hombres vestidos de blanco se la llevaban. En un acto supremo de desesperación, salió de mí un grito desgarrado.
--¡Mamá!. Nadie pudo impedir que llegara hasta ella, mordí, di patadas, bramé poseído por el miedo y la desesperación. Tapándose la cara con el brazo que aún le quedaba sano me tranquilizo. Pidiéndome que fuera bueno, que la abuela me cuidaría. Vi marchar el horrible coche blanco, las luces parpadeaban solicitando paso y el polvo que dejaban tras de sí sus negros neumáticos, empañaban el cristal de mis ojos. Un tacto conocido reposaba sobre el hombro, intentando sosegar la inquietud que me invadía.
Permaneció seis días en el hospital, no me dejaban entrar por ser un niño de doce años, eso no me desanimaba en absoluto. Nada más desayunar, decía irme a jugar, no era cierto, sisaba el dinero del autobús y me quedaba sentado frente a la ventana de su habitación,  no me iba hasta que ella me saludaba agitando alegremente su mano y me lanzaba un beso, que empujado por su aliento llegaba hasta mi mejilla, lo recogía guardándolo simbólicamente en el bolsillo. 

El día del alta la esperaba ansioso en la puerta con mi boletín de notas en la mano, sabía lo importante que para ella eran mis estudios y salvo un buen comportamiento, sin duda era el mejor regalo de bienvenida. Cuando apareció sentada en una silla de ruedas, el aire dejó de fluir por mis pulmones, mareado perdí el equilibrio, si no llega a ser por una buena samaritana, doy con mis huesos en el suelo. Para mí satisfacción luego comprobé que la silla de rueda era una estúpida norma hospitalaria.
El verdugo abandonó la casa tras la denuncia puesta por mamá y ese verano paso a ser el mejor de toda mi vida.
Continuará...

jueves, 1 de junio de 2017

Las alas de un ángel rotas (3º parte)

--¡Buenos días!. Me llamo Cecilia del Valle y soy su abogada de oficio, espero que colabore conmigo en todo lo posible. No le engañaré su caso presenta una muy difícil solución, las pruebas son concluyentes, además por lo que leo en el informe, usted se declara culpable. ¿Tiene algo que contarme?.

--Y yo le pregunto a usted. ¿Tiene tiempo de escucharme?. Mi historia es muy larga y complicada, no sólo he cometido este crimen sino otros que deseo confesar.
Aunque quiso disimularlo, pequeños destellos de desconcierto y menosprecio se instalaron en su mirada.
No me odie todavía, espere un poco para hacerlo, no espero, ni tampoco quiero su compasión, pero si su ecuanimidad, me la debe como abogado.
--¡ Estoy de acuerdo con usted!. Comience cuando lo desee.  
Sentados frente a frente en aquella habitación fría y desangelada se veía frágil. ¿Qué puede impulsar a una mujer tan delicada a andar todo el día tratando con lo peor de la sociedad?, grupo en el que me incluía en esos momentos.


De Cecilia se podían decir muchas cosas, pero no que fuera una mujer bella, sí con cierto atractivo. Siempre vestida con discreta elegancia, de maneras exquisitas, el cabello acariciaba sus hombros en mechones negros y pesados que ella con constancia mantenía a raya tras sus pequeñas y bien formadas orejas, sus cejas ligeramente arqueadas hacia arriba, le daban un aire de picara inocencia, de labios finos, afresados, coloreados apenas con una suave capa de brillo y sus ojos negros como ardientes ópalos—se clavaban en los míos intentando discernir los hechos con pulcra claridad-- formando un conjunto singular.  Creo que  era consciente de ello, pero también lo era de su gran personalidad que compensaban su falta de belleza física, ayudaba notablemente su charla  inteligente y agradable. La prestancia y la tranquilidad habitaban en su interior, me sentía afortunado de tenerla como representante y creo que ella era participe de mi aprobación.
Continuará...

lunes, 29 de mayo de 2017

Las alas de un ángel rotas (2º parte)

La policía me rodeaba por completo, sus miradas estupefactas me provocaban indiferencia.
¡Miradme!. No soy un monstruo, solo una persona que quizás cansado, a caricaturizado la forma de impartir justicia.—me repliqué a mí mismo sin articular palabra--.

Seguí sentado sobre la caja, absorto en la nada, quería obedecer. ¿Pero que me decían?.
Escuchaba sus voces pero  mi cerebro no las descifraba, ¿A lo mejor me hablaban en otro idioma? Alguien se acercó, con voz cálida como quien habla a un niño asustado, me pidió que entregara el arma, --lentamente alcé los brazos--.
 El único armamento que obraba en mi poder era un cuchillo  de unos diez centímetros de hoja. Se abalanzaron como fieras sobre mí, ni pensaba, ni quería resistirme, sólo deseaba descansar en una angosta celda, acurrucado por las sombras y el silencio.

¡Brutalidad policial! ¡Brutalidad policial!—pensé en gritar --. Imitando a las quinquis de las series policíacas televisivas. Hubiera quedado demasiado teatral y no estaba para representaciones. Si te mantienes tranquilito, calladito sin dar la lata, en general no son malas personas, algunos incluso te tratan con educación y como yo estaba dispuesto a ser el mejor alumno de la clase, dócil y obediente, todo me fue bastante bien. La evaluación de daños se saldó con un par de chichones sin importancia, fruto de la primera refriega. Se hizo cargo de mí, un mostacho con uniforme, con aire de perro mordedor, pasados los primeros escarceos, convencido de la pasividad que me movía, se convirtió en toda una madraza. 

Leídos mis derechos, sometido a los pertinentes registros, pase la primera de muchas, muchas noches, absorto en la cucaracha y su trayectoria sin sentido --digo de la cucaracha-- porque solo vi una, se afanaba en andar y desandar el mismo camino una y mil veces, cerrando los sentidos a cualquier elemento externo.
Al día siguiente— muy temprano-- me fue asignado un abogado de oficio.
Para no tener apenas nada que hacer en todo el día, porque afanarse en despertarnos tan temprano, -- pero quien manda, manda y yo estaba dispuesto a no crear problemas --.
 Desde un primer momento insistí en mí culpabilidad. Sentado en la sala de interrogatorios y observado por algunos policías, -- estaba seguro--camuflados por el viejo truco del espejo.
Continuará...

jueves, 25 de mayo de 2017

Las alas de un ángel rotas

Hoy os presento la nueva serie Las alas de un ángel rotas, espero que os guste y  disfrutéis  tanto leyéndola como yo lo he hecho escribiéndola.

 --RABIA--           
Amor, odio -–puede que-- confusión y miedo. Su tierno rostro y sus cálidas palabras revolotearon a mí alrededor, habíamos encontrado la paz tan ansiada por ambos.
--¡OH, Dios!. En el silencio resonaban hermosos ecos, la familia estaba a salvo. Ahora, nada importaba, todo estaba bien.


--¡He matado a dos hombres!.  Estoy en el 24 de la calle Candelaria.—dije con un tono de voz que no trasmitía sentimiento alguno --. Me sentía agotado--. Había despertado de la horrible pesadilla que se cernía sobre mis seres queridos.
Sentado en una mugrienta caja de madera, esperaba al destino, dispuesto a asumir la culpa y el castigo, la justicia de los hombres caería sobre mí por la atrocidad cometida.
Las ideas se escapaban de mi mente como seres alados que huyeran de la ignominia.
 No deseaba observar su rostro, ojos incrédulos fijos en la nada, encerrados en un persistente mutismo. Me acerqué sin desearlo, sus facciones se veían claramente iluminadas por el tragaluz de la escalera.
Una carcajada surgió del silencio, fue retumbando en la mugre de las paredes hasta que desapareció entre el alboroto de  sirenas que se abría paso en la lejanía, ululaban como locas cortando violentamente el silencio de la noche, acercándose a toda velocidad.


El rictus de mi boca se descompuso en lo que quiso ser una sonrisa de despechado gozo.
¿A qué venía tanta prisa?. No pensaba moverme, -- todo llega a su fin y esta historia había tocado fondo--. Ya no tenía donde ir.
Un sutil aire de mofa se reflejó en mi rostro, contemplando los dos cadáveres tendidos sobre la sucia baldosa, -- blanca, negra, blanca, negra, formando una diagonal perfecta--. Solo podía pensar en la simetría de las líneas, en quien se habría comido el paquete de patatas que reposaba arrugado tan displicentemente sobre el suelo, como si todo aquello no fuera asunto suyo, una patada involuntaria de una anónima bota mandó el envoltorio al rincón más alejado, lo seguí con terquedad, en ese momento era el motor de mí existencia.


¿Conservarían  todavía su calor?. ¡Puede!. Pero no la vida, para seguir cometiendo injusticias, atrocidades amparados en la justicia, encubiertos por esa señora ciega que todo lo ve, pero calla, cómplice de la hipocresía y  cobardía humana.        
-- ¡Admirado Rey Salomón!. Cuanto añoré tu justa justicia durante todos estos años. Como odiaba los tan traídos y llevados derechos humanos, los cuales parecían solo hechos para proteger a delincuentes, asesinos, terroristas. ¿Dónde estaban los derechos de los que quedaban despanzurrados en las calles, muertas en sus casas?. ¿Y los de sus hijos y familiares?. Que no solo tenían que aprender a vivir sin sus seres queridos, sino guardar su rabia ante sentencias inverosímiles. Sufrir la maldición de saber más de lo que somos capaces de soportar.
Continuará...

jueves, 11 de mayo de 2017

Manzanas, peras, cerezas y viejas arpías (Final)

Las pequeñas campanadas que emitía internet tras cada pulsación me sobresaltaban de forma esperada, el lago de los  cisnes en versión cibernética comenzó a sonar y la taza de café que sostenía entre los dedos volvió a volar como un pajarillo, salpicando el lechoso contenido sobre lo que pilló en su recorrido, el estallido de la loza sobre el suelo rebotó en los oídos como una bomba.

--¡Joder! –exclamé oprimiéndome el pecho, notando los latidos tan rápidos que era imposible contabilizarlos.
--¡Diga! – contesté sobresaltada por el alboroto, sosteniendo el auricular del teléfono con cierto malestar--.
--¿Cómo estás?. Me has dejado preocupado. ¿Qué te pasa te noto muy alterada?.
--Nada, estaba la casa en silencio y me he sobresaltado.
--¿Pero estás bien?.
--Si, quédate tranquilo que no pasa nada, --y en la voz se leyó la necesidad de deshacerme de él --.
--¿Quieres que vuelva cuando termine o prefieres que lo deje para otro día?.
El silencio volvió a descubrir el estado de ánimo.
--Te pido que si he hecho algo incorrecto me lo digas, por favor, --volvió a increparme con la pregunta --.
--Gabriel, siento todo esto, vuelve cuando resuelvas tus cosas y no te preocupes más.
--Bien, -- dijo por aburrimiento y no por convicción.
Colgué el teléfono y supe que tenía poco tiempo para aclarar mis dudas. La visión de aquellas alas negras, significaban algo, estaba segura y entonces escribí lo que llevaba temiendo toda la tarde y la campanilla de aviso que la página había sido encontrada, sonó como el doblar de campanas por un muerto.

El arcángel volvió a la tierra con perfil de mancebo, embajador y mensajero de justicia.
Gabriel uno de los tres arcángeles principales, los únicos ángeles con nombre. En la tradición bíblica considerado ángel de la muerte, mensajero de Dios, es quien vigila la entrada al Edén para evitar que entren los hijos de Adán y Eva.
Gabriel es definido de muchas formas, entre ellas ángel de la anunciación, resurrección, misericordia, venganza, muerte y revelación.
Arcángeles, una categoría de ángeles. Los arcángeles son los penúltimos, antes de los propios ángeles, (tal como indica el prefijo “arc”, que significa superior). La palabra “ángel” deriva del griego “ángelos”, significa mensajero, cuyas responsabilidades incluyen la organización armoniosa del universo habitado.
Los ángeles son seres inteligentes, capaces de sentir. Son una especie diferente a la especie humana. Existen en una frecuencia vibratoria levemente más fina que aquella con la que nuestros sentidos físicos están afinados. Esto significa que no podemos percibirlos comúnmente con nuestros ojos y oídos, pero ellos si pueden percibirnos a nosotros. 

 La voz de Gabriel resonó a mí espalda, no me asusté sabía lo que iba a pasar y quizás fuera lo mejor que podía ocurrir.
--¿Desde cuando lo sabes?.
Sin volverme le contesté, quería conservar esa mirada cristalina, tierna, el recuerdo de sus labios sobre la piel, la respiración entrecortada del hombre, la calidez de su cuerpo atrapándome como una tela de araña. Quería al hombre y no a lo que ahora mismo fuera.
--Mírame. Vuélvete hacía mí.
--¡No!,  --dije rotunda, no me da la gana --. Haz lo que tengas que hacer y déjame en paz. Ya sabes lo que he hecho y en el fondo sabía que algo pasaría.
Extraño hasta el final, pensé que en algún descuido algún alma errante se cobraría la deuda, pero esto es tan ...y las palabras se quedaron enganchadas en algún lugar entre el estómago y la garganta, una risa lejos de todo humor sustituyó las palabras.
--¿Tienes miedo?, -- preguntó cual amante preocupado --.
--¡Esto es el colmo! – deja de susurrarme como si me amaras, como si sintieras lo que está pasando. ¿Os divertís mucho arriba o donde estéis, con la estupidez humana, verdad?.
--¡Mírame!, --su voz sonó como un trueno--. Perdóname, no quería gritar, pero todo esto me esta sacando de quicio. ¿Me tienes miedo?.
--Supongo que sí, pero ahora mismo estoy tan perpleja, que no sabría decirte.
--Entonces. ¿Por qué no me miras?.
--Porque quiero conservar al hombre y ahora no se lo que eres.
--¿Qué crees, que he cambiado de aspecto?.
Su aliento era tan cálido como sus palabras, respiraba sobre mi cuello y lentamente se iba acercando, presentía que de un momento a otro los labios resbalarían con deseo, bajando lentos sin prisa, calientes y dulces y vibré estremecida.
--Gabriel. ¿Qué eres?. ¿Ángel o demonio?.¿Quién me posee?.
--¿Quién quieres que lo haga?,-- respondió con la voz entrecortada --.
--Hazlo tú Gabriel, seas lo que seas.
--Esto no tenía que estar pasando, pagaré un precio por ello.
Fue lo último que alcanzaron a escuchar mis pecadores oídos., impreso en la pantalla del ordenador, la figura clásica del arcángel clásico y su leyenda.
Cayó suavemente sobre mí y sus alas se desplegaron como por arte de magia, envolviéndome con suavidad, su respiración acompasada y sus caricias me acompañaran en la eternidad.
   
 Y así es como un pueblo de fantasmas se transformó en un lugar conocido, un punto en el mapa que la gente señalaba y reconocía, se llenó de curiosos que deambulan las calles en busca de lo ocultó, lo extraño. Decidí quedarme para vigilar, mis ojos siempre permanecerían abiertos expectantes ante la mínima anomalía para evitar que vuelva la ignominia. -- ¡Si reconocen el lugar estaré encantada de acogerlos!--. ¡La curiosidad tiene un precio!, yo pagué el mío con mi vida, no quise seguir a Gabriel, él tenía sus propias cuentas que pagar.

El gran pino se bate en duelo con el beligerante viento que lo reta amenazando con sesgar el florido mocho que lo corona y si prestan atención adivinaran una silueta entre las sombras, en la torre de la iglesia, en lo más alto y otra más pequeña que olisquea el viento para avisarme de cualquier amenaza, alcen la mano y saluden. No duden ni por un momento que hallaran respuesta. ¡Porque no siempre todo lo que existe es visible!. 

                                                             -FIN-