lunes, 24 de julio de 2017

Las alas de un ángel rotas (19º parte)

Debía de ser bastante tarde, ya que un aire taciturno envolvía tanto la casa como los alrededores y de la calle apenas si llegaba algún eventual parloteo. Solo acertaba a oír el rumor de mi respiración agitada.
Rompió el mutismo con voz atronadora.
Percibí el rumor de la brisa en derredor en su discreta huida, el deseo sacudió mi cuerpo, respirando entrecortadamente incapaz de serenarme. Su esquiva mirada resultó más educada que servil y eso me agrado sobremanera.
--Querida, déjanos solos y cierra bien la puerta, necesito hablar en privado con... dejo la pregunta en el aire esperando mi respuesta.
En principio pensé  no contestar o recurrir a baladronadas y no ceder un ápice de terreno, pero parecía una solución estúpida.
--¡Pablo!—lo dije muy bajito.
--¡Bien Pablo!—Eres consciente de lo que acabas de decirme en confesión.
--¡No!—mentí como un bellaco.
--Entonces. ¿Tú me dirás que significa esta mascarada?. La iglesia no es un lugar para tomarlo a broma y mucho menos sus sacramentos. La acusación que te has hecho es muy grave y podría traerte amargas consecuencias.
--No sé que os pasa a la juventud hoy en día, no sentís respeto por nada ni por nadie, acabaréis condenados en el infierno.
--Créame padre, vivo en el infierno. Mis palabras resultaron fragmentadas.
 Este hombre temeroso de Dios, captó mi atormentado espíritu.
--Nunca podré hacer las paces con mis demonios, estoy enfermo del alma.
El pobre hombre estaba totalmente confundido, debatiéndose entre la verdad y la mentira, lo real e irreal.

De repente me sentí intimidado, ligeramente acongojado. Si seguía conversando, acabaría confesando la verdad toda la verdad y nada más que la verdad, quizás porque en el fondo deseaba librarme de la carga. Pero el instinto de supervivencia es muy fuerte y apaciguando mi ego con mentiras absurdas, decidí salir de allí lo más rápido posible.
Mis dedos acariciaban el picaporte, giraba lentamente bajo la presión. Sus palabras me dejaron estupefacto, las pronuncio muy bajo, como si el también fuera culpable de la perfidia— creí volver a sentir mareos, la habitación giró bruscamente a mí alrededor.
--¿Sabes lo que pienso?. Son muchos años escuchando a gente atormentada por todo tipo de abatares. ¡Tú me has dicho la verdad en confesión!.
Su rostro se contrajo bajo mi mirada de horror.
Las palabras salían atropelladamente de su garganta, borbotones de inconexos vocablos vertían sus labios.
--Yo no puedo hacer nada, te ampara el secreto de confesión –sus ojos se llenaron de lágrimas—pero siento tu sufrimiento, tu pena es profunda y nada me entristece más que el hecho de no verte dispuesto a soportar el castigo.

Uso un tono grave, cruel que dejó dibujado en su rostro rasgos de amargura. Un abominable e inacabable silencio nos envolvió.
Quise clavar mis ojos con furia, sin embargo solo logré que parecieran dos almas dolientes fijas en aquel ser que bramaba ante la impotencia.
La vieja puerta con muchas manos de pintura se negaba a ceder bajo la presión de mi mano. Al hacerlo de forma súbita, golpeé mi frente con violencia contra el canto de madera. Entonces fue cuando todo comenzó, nadie lo planeo, ni lo quiso así. Con el tiempo tuve que rendirme ante lo evidente, no podía luchar contra mis sentimientos, batallas perdidas de antemano.
El ratoncito de antes, acudió en mi auxilio. Me miró con ojos cansados pero valientes, con ojos que no temían verme. Nos rozamos  accidentalmente, sentí un campo de fuerza a su alrededor, una lasciva lujuria se apoderó de todas las fibras de mi ser, estaba demasiado confuso para reconocer que algo había cambiado.
Recuerdo su voz a mi espalda, penetró en mi entibiándome con su cálido aliento.
--¿Te encuentras bien?—sus palabras no hallaron respuesta. Los sonidos penetraban en mi mente pero no las palabras, solo huía como un vulgar delincuente.
Continuará...

jueves, 20 de julio de 2017

Las alas de un ángel rotas (18º parte)

Salió así, sin más, es como si yo no hablara, las palabras salían de mi boca pero no podía ser yo quien estaba diciendo aquello. Hasta a mí me sonaron frías y crueles, debí  parecer un ser maléfico, sin corazón, sin sentimientos, un monstruo de los muchos que persigue la policía. Quizás era una maldición y me había alcanzado, pero yo no era mi padre, yo era yo, sólo yo.

--He matado a dos hombres, dos escorias humanas, he librado al mundo de desgraciados que no merecían vivir.
Sentí como se revolvió dentro de aquel habitáculo, pequeño, claustofóbico. De repente se me antojó un ataúd con respiraderos para no morir nunca por falta de aire y así permanecer vivos por los siglos de los siglos, padeciendo la tortura interminable de nuestros pecados.
--¡Pero qué dices! ¡Está es la casa de Dios!. No se viene a gastar bromas de mal gusto.
Sus encolerizados gritos debieron de escucharse hasta en el mismísimo infierno. Los pocos feligreses que ocupaban los bancos, fijaron sus miradas en mí.
Todo giraba, giraba, las figuras de los santos alumbradas por la mortecina luz de las velas, cambiaron sus místicas expresiones por asombradas muecas de escéptico horror. Los hachones alargaban sus pequeñas fumarolas hacia el techo ennegreciendo los frescos pintados en  ellos. 

Un calor sofocante, malsano, subía hacia mis mejillas, encendiendo mis orejas, entrecortándome la respiración. Al no encontrar asidero, perdí el equilibrio, lo último que noté fue un terrible golpe en la cabeza.
Desperté en una extraña estancia, rodeado de objetos que no reconocía, mi cerebro se sentía atrofiado como poseído por la fuerza del sopor etílico, la mente taimada por el fuerte golpe recibido. Parecía una especie de sacristía, sala de estar o mausoleo. Que miedo me empezaba a dar toda esta situación. Un hermoso chichón me recordó el accidente sufrido en la iglesia. Por supuesto el buen sacerdote no estaba dispuesto a pasar por alto semejante confesión, me interrogaría hasta encontrar una respuesta satisfactoria, intentaría redimirme.

Unos cincuenta años, quizás más, coronaban su tonsurada cabeza, vestido a la antigua usanza, largas faldas de negro tejido, colgaban de sus rodillas dejando entrever apenas los varoniles pantalones de paño en gris marengo, me miraba con cierto desconcierto, supongo que intentaba abordar el tema de la mejor forma posible. Sus confusos ojos parecían comprender todos los pecados de este mundo, pero como podría entender, lo que yo había confesado, mi actitud acabaría mellando sus nervios o algo mucho peor.
Una mezcla de naftalina, repollo y algunos más que me fue imposible identificar me alborotaron de nuevo  mí maltratado estómago, torturando cruelmente la pituitaria.
Sin embargo, todo aquel aquelarre de desagradable hedor, no podía acallar la fuerza de ese discreto y seductor aroma que flotaba disimuladamente a su alrededor preservándola bajo un aura, donde reinaba el azahar, la madre selva, el jazmín.

Alguien pequeño, discreto, recorría la habitación intentando disimular su presencia, como un ratoncito huidizo y fugaz que temiera ser capturado en un momento de descuido.
Con expresión exhausta, intente incorporarme. Aquel era el lugar más duro e incomodo de todos en los que mi espalda había tenido el privilegio de reposar, un travesaño de madera se clavada entre mi cuarta y quinta vértebra, el dolor era punzante, así que me apresuré a solucionarlo. Fue entonces y solo por unas décimas de segundo cuando mis ojos por accidente chocaron con los de ella, ópalos incandescentes, enmarcados en un ovalo perfectamente formado, dos rescoldos candentes me  inflamaron el corazón, esa criatura me observaba con la mirada más honesta e intensa que había sentido en mi vida.
Una figura del Sagrado Corazón de Jesús presidía la pared de enfrente. Este tipo de imágenes representan el bien, la santidad todo lo bueno que puede haber en este mundo, sin embargo su presencia atemoriza e intimida. ¿A quién no le sobrecoge una iglesia en la oscuridad de la noche?. ¿Quién no se lo piensa dos veces antes de penetrar en ellas?. En medio de la oscuridad, entre los oscilantes claroscuros provocados por las velas, sus llamas se mecen, registrando el movimiento a su alrededor, sensibles a la mínima ráfaga, incluso al aliento contenido. Las figuras reposan dormidas, ausentes, sin embargo cuando advierten tú presencia, vuelven sus caras curiosas fijas en los detalles, cuchicheando entre ellos. ¿Quién sabe de qué? cuando correr para liberarte de esa sensación terrorífica, es tu meta. 

En la alocada huida, en principio, a paso ligero y casi a punto de alcanzar la libertad, convertida en frenética carrera, sin querer volver la vista, quizás por miedo a convertirte en estatua de sal o simplemente por no confirmar nuestro terrorífico pensamiento. Entonces es cuando arrollas al párroco, que alertado por el ruido, te corta el acceso de salida, estrellándote con esa masa vestida de negro y crees cumplida la peor de tus pesadillas. Bramando por safarte, pero él te ha atrapado en sus garras y no te soltara hasta escuchar la reprimenda. Lo haces paciente, no te quedan fuerzas, ni para protestar, ni para nada, sin color en el rostro y respirando entrecortadamente, pero contento de que sea él  quien te ha cazado y no la grotesca imagen que rondaba tú cabeza.
Su afilada mirada se clavó en mis carnes como una cortante hoja. Este bondadoso hombre, dispuesto a creer por encima de todo en la inocencia. 
Su rostro estaba conmocionado ante tan súbita incriminación. Por fortuna, me amparaba el secreto de confesión.
Continuará...

lunes, 17 de julio de 2017

Las alas de un ángel rotas (17ª parte)

En la puerta del local lucían orgullosas unas extrañas letras difíciles de descifrar de un gusto muy barroco “la caprichosa”, un sugerente y atractivo olor lo envolvía todo a diez metros a la redonda, me vi atraído como Pilón por esa llamada invisible pero irresistible.
El local se hallaba repleto de parroquianos, la mayoría de ellos habituales por la familiaridad con que eran tratados por las empleadas. Devoraban ávidos, hidratos de carbono y azúcares, bollería recién salida de esas bocas ardientes que escupían producto a una velocidad de vértigo, parecía que el mismo Lucifer los calentara con su abrasador aliento. Por muy atractivo que le pareciera a mi pituitaria, mi estómago no estaba en consonancia. Detrás de mi taza de café observaba la despreocupación con la que todo el personal entraba y salía, engullendo entre medias, en breves minutos una o dos piezas humeantes, dejándolas resbalar por el tobogán de sus traqueas con premura, una taza de alguna infusión, café, leche, incluso algunos lo acompañaban de un carajillo.
Salí a la avenida, centrándome, tome rumbo a la parada del autobús. Quince minutos mas tarde cerré mis ojos en la oscuridad de mi alcoba.

De pie, enterré mis zapatos en la fresca y verde hierba, los calcetines se empaparon humedeciéndome los pies, insensible, contemplaba embelesado el contorno de mi madre al contraluz del atardecer, envuelta en un aura tan blanca como su alma, apoyada en el marco de la puerta principal de la casa que mi abuela poseía  en el  campo.  Hablaba  con un interlocutor que escapaba a mi  mirada.
Al principio fue como el caer del agua en la lejanía, ese tenue y agradable sonido se fue convirtiendo en un bullicio difícil de discernir, se hizo más y más intenso hasta que me fue muy fácil identificarlo.
La madera chillaba bajo su influjo destructor, chirriaba, crujía, yo sentía su angustia, la oía pedir auxilio. Las llamas alcanzaban el ático de la casa,  los cristales reventaban intentando una imposible huida. La reseca madera no se libraría de aquella maldición provocada por alguna mala persona. Vi una figura correr, intentaba salvarse. Una mano asesina la arrastraba hacia el interior de ese estigio, suplicaba, lloraba, no había piedad. El asesino condenaba a mi madre. La casa se desplomó sobre ellos. La vieja madera se rendio ante semejante rival, sepultándolo todo.
Me despertó un terrible dolor de garganta, llegué a oír  mis gritos que desgarraban las cuerdas vocales. Necesitaba calmarme, la cabeza me estallaba, el corazón latía con la fuerza de cien caballos salvajes.
Un escozor se apodero de mis rodillas al desplomarme sobre ellas –“Por Dios que alguien me ayude”—grite a la noche sin encontrar respuesta alguna--. Algo se rompía cada vez más dentro de mí, creía tocar fondo, pero ni siquiera lo rozaba. Casi sin comer y cebándose en mi las pesadillas, acabaría enloqueciendo, si es que no lo estaba ya.

 No se el tiempo que trascurrió. Permanecí sentado en los pies de la cama  negándome a dormir, a comer. Estaba en trance absorto en todo y en nada, no quería pensar, sin embargo, me faltaba el valor de liberarme con un rico cóctel de barbitúricos.
Los dedos mantenían presos los espesos mechones del cabello obligando a la cabeza a mantenerse erguida muy a su pesar.
Una sucia cucaracha se paseaba por el dormitorio como si aquello fuera la Gran Vía, asestándole un puntapié, malhumorado por el atrevimiento, acabó bajo la suela de mi zapato, a modo de fresco de Miguel Ángel, aunque mi suelo distaba años luz de asemejarse a la Capilla Sixtina. Recogiéndola  por la única pata que le quedaba pegada al cuerpo, le ofrecí un rápido y económico entierro marinero, sumergiéndola en la inmensidad de mí water y tirando de la cisterna, la encomendé al dios que habita en el cielo de los insectos, arácnidos y similares.

Sacando fuerzas de no se que lugar, adecente mi cuerpo, olía a inmundicia, vómito, no recordaba el ultimo día o las ultimas horas, bajé a la calle sin saber, si debía pedir un desayuno o una cena -- el reloj dijo las ocho y media. ¿De la mañana o de la tarde?--.  La fachada de una iglesia surgió ante mí. No por arte de magia, llevaba allí más de un siglo, no sabía como se llamaba pero si la había visto muchas veces en mis errático paseos. Atravesé indeciso, su arco de medio punto, solo abierto hasta la mitad, con timidez invitaba a los transeúntes a orar en su interior. Un largo pasillo central rematado por el altar y escoltado a ambos lados por inmóviles guardianes de madera, cansados de soportar el peso de beatas y devotos cristianos que acudían al refugio de un Dios generoso y benévolo, que les perdonara pecados a veces imperdonables, y que nada más salir olvidaban y volvían a cometer. Un sacerdote anónimo para mí en esos momentos, absolvía a alguna beata en el confesionario de sus mezquindades de vieja solterona, amargada y rencorosa, siempre ojo avisor a esas terribles maldades que otras personas cometían y ella se erigía en juez y jurado de morales distraídas. La vi sentarse consumida por la envidia y el deseo de otras vidas más felices que la suya, arrodillada parecía encogerse cada vez más, hasta convertirse solo en una molesta y olvidada mancha en el gastado suelo de la vieja iglesia.
Sin pensármelo dos veces ocupé su lugar tras la rejilla. Recordé las visitas a la casa de Dios los domingos, cuando era más pequeño, lo grato que resultaba el olor a incienso y a cera recien quemada.
--¡Ave Maria Purísima! –dijo una voz profunda y anónima--.
--Sin pecado concebida.—respondí por inercia--. Lo había hecho tantas veces que me resulto natural.
--¿De qué te acusas hijo mío?
Continuará...

jueves, 13 de julio de 2017

Las alas de un ángel rotas (16º parte)

Topé con una reja, ancha, alta, negra como la muerte, forjada por algún artesano anónimo, de sus manos recias, curtidas, nacieron finos trabajos como este. Pinchos en forma de espigas la coronaban, resultaban tan inocentes como mortíferas, si errabas en el acto de violar sus limites. Entre sus barrotes florecían hojas de variadas formas y tamaños, anárquicas, guardando la intimidad de los que allí reposaban para la eternidad, engarzadas desde siempre y para siempre a ambos lados de sus sólidos y fríos muros de piedra. Asomando tras ellos tímidamente, hileras de cipreses, deseando escapar de aquel angosto y solitario lugar. Los pies me condujeron hasta allí, en el único sitio donde mí corazón sentía calor.

Con un atlético salto me encaramé, apoyando las puntas de mis zapatos donde buenamente me lo permitía el forjado, de un acrobático salto, me libre de las amenazadoras puntas, cayendo a cuatro patas sobre el jardín que daba vida a la muerte. Figuras de tamaño natural representando personas o animales observaban atentamente mis movimientos, intimidándome con su presencia.

Hasta para mí que me era grato el lugar, los escalofríos iban y venían por mi columna helándome la sangre en aquella gélida noche.
Llegué a la lápida donde reposaba mi madre para siempre, junto a mi abuela. Quité las hojas que habían caído sobre ella, poniendo mis manos para que ambas sintieran mi calor, mi amor. Balbuceando y entre sollozos intentaba contarles para que me aconsejaran, necesitaba oír sus voces y sentir que le importaba a alguien en este mundo. Sin desearlo el sueño me cubrió con su manto, acurrucándome sobre la húmeda piedra.
Las sombras me rodearon, intentando tocarme o arrastrarme hacia algún negro abismo sin retorno,  mi abuela  acariciaba mi cabello como cuando era muy niño y sentía miedo de la oscuridad. Impidiendo que cumplieran su deseo.
Mi búho Nival, apareció de la nada, posándose sobre una  cruz de mármol, plegó sus alas con solemnidad, giró la cabeza para observar en derredor, fijando sus redondos e inexpresivos ojos en mí, su plumaje inmaculado resaltaba sobre la noche sin luna, sus garras de depredador, estaban cubiertas por un suave pelaje blanco, seguramente para protegerse del frió  en su lugar de origen, nunca observé ese detalle, lo veía por primera vez, me pareció asombrosa su adaptación al medio y me preguntaba como un animal de latitudes tan frías podía gustarle vivir aquí. Mi reflexión se interrumpió, las sombras que me acosaban se habían acercado peligrosamente, mi abuela no tenía la suficiente fuerza para alejarlas, una mano surgió de la oscuridad, no podía ver su rostro pero oí su voz clara como el día, no entendí las palabras, pero sonó tan dulce...

--¡Eh, Pervertido! ¿Qué haces ahí?.
La amenazadora figura de un hombre con una pala en alto me despertó de un golpe, sin pararme a dar explicaciones emprendí una veloz huida, pero el sepulturero, parecía entrenado en estos menesteres, corría cual liebre, arqueando ligeramente el cuerpo hacía delante para mantener el equilibrio y aunque la carrera se veía mermada por la edad, se conocía muy bien el terreno, eso me llevaba de ventaja, sintiéndome perdido, aturdido por el sobresaltado despertar, buscaba una vía de escape con desesperación. Le llevaba cierta ventaja y la aproveché en una arriesga y desesperada maniobra. Doblé en la primera calle formada por nichos de cinco pisos de altura, trepando con agilidad de simio, alcancé el techo de aquel muro, manteniendo el equilibrio y aguantando la respiración, comprobé una teoría que defendía un compañero de clase. Decía que la gente en raras ocasiones mira hacia arriba y así fue, aburrido, abandonó la caza. Permanecí unos minutos para asegurarme que no era una argucia para hacerme salir de mi escondrijo, desde allí, la perspectiva resultaba inmejorable. Pude verle trajinando de aquí para allá, lo suficientemente alejado para garantizar una retirada segura, me escabullí sin ser visto, al abrigo de plantas y árboles. Ya libre de miradas inquisidoras monte en el primer autobús que paso, sin importarme su destino, a través de las ventanas, las calles, se veían repletas de personas que sin reparar unas en otras se afanaban en llegar a algún lugar. Estaba seguro que aunque cayeras muerto a sus pies seguirían rodeándote en ese atolondrado caminar.

Turbado por los acontecimientos, me hice un hueco entre la multitud, quería perder mi identidad, enborregarme entre ellos para así no asumir responsabilidades y eludir culpas, que maravillosa era esa opción, pero estaba fuera de mis posibilidades.
Continuará...

lunes, 10 de julio de 2017

Las alas de un ángel rotas (15º parte)

Los chicos no habían mentido, eran limpias y educadas, si no escudriñabas a tu alrededor olvidabas donde estabas.
--¿Qué te ha ocurrido, estas sangrando?.
--Me han atracado en la calle, pero no es nada grave. ¿Podríamos pasar a la habitación antes que el calor me desangre?.
Solícita, me extendió un albornoz, cubriéndose con otro, me ayudó a llegar a la cama. El cabello resbalaba sobre nosotros empapado en sudor, nuestros poros se hallaban inmaculados después de semejante sesión. Los ojos llorosos, enrojecidos por la entrada incesante de gotas del salino elemento.

--¿Quiéres que te mire la herida?.
-- Por favor. Pero antes me daré una ducha.
-- ¡Claro! Como desees.
Tumbado en aquella cama de agua, el incesante movimiento me recordaba al de un barco, intentando marearme. Nunca he sido buen navegante, parecería una mariconada, así que aguantando a duras penas resistía mi hombría. No sé si fue el mareo o la angustia.
Pero cuando aquellas expertas manos comenzaron su trabajo, creí que candentes tizones me abrasaban, dejando a su paso profunda y dolorosas llagas. La anhelada danza comenzó suave, dulce, haciéndome dueño de su cuerpo, bailaba sobre mí, unidos en ese momento por un vinculo ineludible. Abrí los ojos, en su cara sé leía la lujuria, el deseo pecaminoso. En un momento irreflexivo la empujé con asco y violencia, como quien se libra de algo pestilente, repulsivo, que sobre ti babea y chupa tú energía.


Cocó, sorprendida y dolorida por el tremendo golpe, me vio salir como alma poseída por el diablo y como mi madre me trajo al mundo. Intenté ponerme el pantalón por la escalera, sucediendo lo lógico en estos casos, la bajé todo lo rápido que se puede hacer esto-- rodé hasta el final--. La Madame alertada, corría tras de mí preguntándome por lo sucedido, ignorando todo lo que me rodeaba corrí fuera de allí, el aire gélido me obligó a refugiarme en un portal para protegerme, colocaba las prendas precipitadamente, ya no tanto por miedo a ser descubierto en total desnudez, el frío de la noche se adhería a la piel provocando un castañeteo de dientes sonoro e involuntario. Permanecí en mí  improvisado escondrijo hasta asegurarme que en la calle reinaba una paz absoluta y el incidente había sido dado por zanjado.
Amparándome en las sombras de la noche me fundí con la oscuridad, con paso cansado y la mente en blanco, deambulé sin rumbo fijo. Que lejano veía ahora el momento en que salí de casa para recordar mentalmente los conceptos de mi examen, sólo me separaban horas, aunque a mí me parecían días.
Continuará...

sábado, 8 de julio de 2017

Las alas de un ángel rotas (14º parte)

En mi caso la única fantasía que deseaba, pasaba por lo imposible, la  purificación, si eso era posible a estas alturas. Abrir los poros y sacar la culpa, tristeza, maldad que en ellos se incrustaron durante estos años, una humeante y ardiente sauna parecía el sitio ideal. Sin decir que serian discretas con mi herida. Ellas deseaban tratar con la policía mucho menos que yo.

La  claustrofóbica decoración provocaría rechazo en cualquier persona con un mínimo de sensibilidad, grotescas litografías representando a gordezuelas damas copulando en cualquier postura imaginable, provocaban cierta desazón. Las paredes cubiertas por un entelado rojo sangre, último grito en los setenta y bastante bien conservado por cierto, atraían como moscas recuerdos que deseaba deshacerme de ellos. Aún así pagué por toda la noche a una descarada madame que no dudo en meterme mano con insolente desparpajo. Tanteando sin ningún tipo de disimulo mis glúteos, riendo descarada ante mis avergonzados aspavientos. Después de un pequeño interrogatorio sobre mis preferencias, decidió asignarme a Cocó.

 Me condujo hasta la humeante sauna, la temperatura reinante era tan alta que pensé que deseaba desplumarme como un pavo en Navidad, mi herida reaccionó ante el calor sangrando copiosamente. Entre aquella persistente niebla apareció enigmática mi acompañante, su cuerpo cubierto-- seguramente para combinarlo con el resto del decorado.—Con una toalla roja como la sangre, que por cierto corría ya hasta mi tobillo.
--¡Hola, cariño!. Me llamo Cocó. ¿Qué deseas que haga?.
Que te marches dije mentalmente, pero mis labios permanecieron cerrados como una cámara acorazada.
--Quitarte la toalla, por favor. El color sobrecoge un poco –se le escapó una estúpida risita—sin ningún pudor la dejo resbalar por sus costados, caderas  y acariciando sus prietos muslos de veinte añera, calló a sus pies. El rostro pasaba inadvertido, ante aquel cuerpo que sin lugar a dudas habría que estar muerto para ignorarlo, llenaba hasta el último rincón del pensamiento quitándole importancia a cualquier agente fuera de su anatomía perfecta, provocativa, voluptuosa. Cuando pude dejar de examinar sus puntiagudos pezones rosados que bailaban una exótica danza con el mas nimio de sus movimientos, el pubis rapado tipo mohicano, -- resaltando un extraño pero atractivo color rojizo--. La pequeña cintura parecía modelada por un artífice de la escultura, habiendo acompasado igualmente sus caderas, la imaginé bailando sobre mí, con parsimoniosa lentitud, trasportándome a paraísos lejanos y deseados, rozando esos prietos pezones sobre la piel de mi pecho. Aquellos pensamientos me estaban animando notablemente. Para variar, atravesé rápido la distancia que me separaba del rostro y comprobé complacido que lo acompañaba unas juveniles y bellas facciones, la boca pequeña pero hecha para cubrir los cuerpos de lujuriosos besos, las largas y negras pestañas hacían resaltar unos ojos grandes y grises, cálidos albergues para despojados como yo, pómulos redondos y sobresalientes le daban el aire de una niña revoltosa y juguetona, todo esto culminaba en una melena recogida anárquicamente casi del mismo tono que cubría su monte de Venus. Con curiosa insolencia – pregunté--.
--¿Todo es natural, o usas tinte en alguna parte de tú cuerpo?.
--¿Tú que crees?. Es cierto el color es algo extraño, pero yo no pude elegir, nací así. Si te desagrada, gustosamente te cambiaran de chica, -- un creciente enojo se leyó en sus palabras--.
--No te equivoques, eres de mí total agrado, perdona si te he ofendido, sólo era curiosidad, pero supongo que estarás harta de tanta curiosidad.-- Intentando calmar su enfado con palabras de complacencia--.
--Un poco, pero no debía de haberte dicho nada, disculpa.
Continuará...

jueves, 6 de julio de 2017

Las alas de un ángel rotas (13º parte)

Nota: Por problemas técnicos, el lunes no se pudo subir al blog el relato, así que esta semana hay relato hoy y el sábado, os pedimos disculpas y esperamos que os gusten los relatos de esta semana.
 
A altas horas de la madrugada las ciudades muestran su cara más poderosa, más siniestra, como si por ellas mismas pudieran engullirte, hacerte desaparecer en sus entrañas, caras desconfiadas, miradas venenosas, muecas desagradables y amenazas veladas por personas que te creen perdido o desamparado, acaban encontrando sorpresas inesperadas y desagradables.

Seis meses después de ese primer hecho que con habilidad había escondido entre las brumas de la mente, camuflando el dolor y la culpa. Preparaba un pesado examen sobre derecho romano, tanto dato que memorizar me estaba volviendo loco.
 
Hablo de una cálida y agradable noche de Mayo, los más noctámbulos paseaban disfrutando de su placidez. Intentaba recordar lo que había estado estudiando durante todo el día, lo repetía mentalmente. Absorto en mis eruditos pensamientos.
--¡Eh tu maricón!. ¿Dónde vas?.
Seguí el caminar decidido, ignorando la ofensa.
--Sordo. ¿Es que eres tonto además de maricón?
Aun así seguí ignorándolo. De espaldas a mi supuesto agresor, planeaba todo lo rápido que me permitía la situación una estrategia de defensa. Es peligroso subestimar a un adversario. Murmuraba para mí como un demente.
 
Con naturalidad y pasando inadvertida la acción. Comprobé que los guantes permanecían en los bolsillos -- así evitaba perderlos-- con disimulo introduje las manos en ellos, mirando con sigilo a mí alrededor recordé una callejuela de dos metros escasos de anchura a mis espaldas, la calzada presentaba su aspecto más solitario, como si los transeúntes alertados por el peligro hubieran puesto tierra por medio. Hubiera dado cualquier cosa por hallarme en un lugar concurrido. Sentía una sensación de horror que me abrumaba.
 
El fulano, visiblemente enojado, me increpó con una afilada hoja que sentí peligrosamente clavada en el costado, una sospechosa humedad se deslizó hasta mí cintura, sin querer darle más motivo de violencia innecesaria, me giré con lentitud. La lógica no cedió ni un ápice de terreno al pánico, su mirada fija y la innecesaria ducha de maloliente saliva comenzó a exasperarme.
 
Una especie de fideo andante, pero con mucho nervio y con la visible necesidad de una dosis urgente, me escupía insultos – nunca mejor expresado, ya que en su creciente nerviosismo su saliva me alcanzaba más veces de las deseadas —su pelo encrespado por la falta de uso del jabón se apelmazaba en gruesos y pegajosos mechones, caían con trabajo hasta los hombros, labios finos, descoloridos, dientes separados unos de otros con restos en su superficie de la ultima comida, su barbilla puntiaguda con un pequeño y desagradable chivo adornándola, sus manos poseían tal cantidad de porquería incrustadas en las palmas y sobre todo bajo las uñas, que si hubiera sido dinero, no habría tenido que delinquir en mucho tiempo, me preocupaba más un contacto con ellas que con el filo de la navaja, el cual relucía bajo la noche clara, iluminada por cientos de parpadeantes estrellas. Yo lo superaba al menos en cuatro dedos de estatura, mis músculos fuertes y bien torneados presentaban una desigualdad notable entre los dos. Midiendo nuestras fuerzas y pasándole inadvertido el hecho, me aproximaba con lentitud calculada. El sonido de mi voz sonaba bajo, hablándole con suave lentitud, procuraba crearle una falsa sensación de desamparo.

Antes que pudiera adivinar mis intenciones con un golpe seco en ambas manos en direcciones opuestas, golpee sus brazos, provocando la caída de su afilada arma, sin darle tiempo a reaccionar, aseste un certero golpe a los testículos, postrándolo de rodillas en actitud orante, con los dedos entrelazados, emulando con mis manos una maza, las deje caer con todas mis fuerzas sobre su nuca, cayó desmadejado como un muñeco de trapo, inconsciente o muerto, no me paré a averiguarlo, cogiendo un pellizco de las harapientas prendas que cubrían su inerte cuerpo, lo arrastré hasta el callejón que se hallaba a escasos metros de nosotros, los alrededores sólo lo transitaban alguna tímida rata estimulada por el olor a basura reinante, provocado por unos contenedores de basura cercanos y descaradas cucarachas, que con porte de ratones, se paseaban seguras de su supervivencia al genero humano. Escondido en mí improvisado cubil lo golpeé hasta matarlo. Cuando recobré la serenidad su cara me sugirió un recuerdo tan espantoso, como doloroso, presentaba el párpado casi desecho, el rostro tan ensangrentado que se asemejaba a carne picada. Horrorizado por mi acto de salvajismo, lo tapé como pude, basura, cartones y objetos que encontré alrededor. Al igual que el niño pequeño que quiere esconder una terrible travesura y teme el castigo de mamá.
 
Furtivo y mirando en todas direcciones, comprobé que los posibles testigos se encontraban ausentes, enfrascados en menesteres más agradables.
Aquel acto, no era lo mismo que el que yo ya creía olvidado, me sentía asesino, aunque la victima la viera como pura escoria. ¿Quién era yo para erigirme en juez, jurado y verdugo de nadie? ¿Quizás me estaba convirtiendo en lo más odiado para mí?. En mí procreador, quizás la genética tuviera más importancia de lo que yo suponía. La conclusión me resultaba espeluznante, no podía ser. Corrí por las calles solitarias, cruzándome con varios coches de policía que patrullaban la cuidad, manteniendo el orden y frenando la delincuencia. ¿Qué paradoja, verdad?. Me asqueaba de mí mismo pero no estaba preparado para confesar, para afrontar mi destino.
 
Algo mareado me acordé en la baranda que me separaba del rió Manzanares, el costado me escocia y lo sentía húmedo, deslicé los dedos bajo la chaqueta. No era sudor, ¿Gelatina en el costado?. La afilada hoja con la que el agresor me amenazara hacia unos momentos me había alcanzado. Todavía llevaba los guantes que usara con la intención de no dejar huellas o restos de mi piel en la victima. La intencionalidad me pareció absoluta. ¿Cómo podía ser?. Yo no soy una mala persona, esto solo ha sido un accidente. ¡Tanta premeditación!. Arrancándomelos con violencia de las manos, los tire a las aguas que lucían serenas como un espejo negro en el que se reflejaba mi macabra acción, penetraron violentando su descanso, formando unas ondas a su alrededor en señal de protesta, engulléndolos hasta hacerlos desaparecer, pero ni aquellas aguas oscuras y tristes, ni la sangre que corría por mí costado, ni el sudor que me empapaba tras la carrera eran justificación suficiente. Cerca de esa avenida en la calle –no recuerdo el nombre--.
Había una conocida casa de putas, de la cual yo no era cliente pero si había oído hablar de ella a los compañeros, no era barata pero las chicas pasaban controles sanitarios periódicos, todo estaba muy limpio y hacían trabajos de todas las nacionalidades francés, griego, tailandés, cubano.
Si estabas dispuesto a pagar su justo precio, cualquier fantasía que te hiciera la vida más agradable la harían realidad.
Continuará...